Por: Alfredo Molano Bravo

Cita en Caracas

El tiempo corre y las fichas se mueven con prudencia y lentitud. Sin embargo, las cosas se mueven. Chávez se reunió con Iván Márquez, miembro del Secretariado de las Farc.

Luis Carlos Restrepo declaró su molestia porque el encuentro no fue previamente consultado con el Gobierno, sugiriendo una cierta parcialidad del mandatario venezolano a favor de las Farc.

Las partes están jugando a tres bandas en una mesa de bordes hasta ahora inciertos, pero con todos los reflectores puestos. La reunión es un paso firme en un camino minado: Piedad Córdoba vuelve a insistir —esta vez con más convicción— en el encuentro entre Chávez y Marulanda, y anuncia un documento político “trascendental” de Simón Trinidad; Márquez acepta presentar pruebas de supervivencia de los secuestrados, incluida la de los gringos que las Farc tienen presos.

No obstante, desde Santiago de Chile, Uribe respondió a Reyes que no despejará Pradera y Florida. Los gringos se interesan, la Pelosi, cabeza de los demócratas en el Congreso, delega en el senador McGovern, para representarla en los acercamientos tripartitos. Sarkozy envía a Caracas a monsieur Noel como su representante personal. ¿Qué podrá salir de una reunión entre Chávez y Marulanda, mas allá de un reconocimiento político a las Farc en cabeza de su comandante histórico? Difícil pensar que el Presidente venezolano regrese con las manos vacías. Pero los inamovibles seguirán en su puesto, salvo que el intercambio humanitario sea definido como un punto de una nueva agenda de negociaciones de paz. Mucha gente desea, con tanta esperanza como ingenuidad, que este brinco se dé, que no tenga costos y que 50 años de guerra y dolor terminen en un abrazo.

Difícil. Por más ambición que Uribe tenga de una tercera sentada, y los militares de mostrar sus laureles, la política nunca, y menos cuando se hace con armas, tiene de-senlaces tan milagrosos. Simón y Sonia se han puesto al margen para no entorpecer el eventual intercambio humanitario pero, por un lado u otro, su libertad será negociada a cambio de los tres militares gringos que tienen las Farc. Un cambio mano a mano entre guerrilleros presos, incluidos los que cumplen condenas por delitos atroces, y secuestrados de una u otra índole, encontrará resistencias poderosas en la derecha y en los militares.

El compromiso de las Farc de terminar con el secuestro facilitaría el acuerdo, pero éste no tendría viabilidad si no esta pegado a la negociación global de paz o, por lo menos, de la suspensión de hostilidades de ambas partes, lo que exigiría como premisa que el Gobierno haya liquidado al paramilitarismo, y el poder civil tenga pleno dominio sobre el poder militar. Es decir, casi la paz en sí misma. La condición que ha reiterado Uribe de soltar a los presos a cambio de que se reinserten en los programas que acordó Restrepo con las Auc en Ralito es simplemente una pendejada; y que se vayan para Francia o para Suecia como expatriados, es pedirle peras al olmo. Las Farc podrían poner una talanquera similar: “que nos entreguen en nuestras manos a los presos”, dirían. El Gobierno objetaría la demanda porque equivaldría a la entrega de unos ciudadanos a la otra justicia, que quedaría así reconocida de hecho, y la justicia es casi el Estado.

La tradición de nuestras guerras es que una vez en la calle, los presos políticos queden libres, incluso de golpear en las oficinas de Pizarro o en la Embajada de Francia. O de regresar al monte. No es razonable esperar que Marulanda firme la expulsión de sus hombres del país o que se los entregue al Gobierno como trofeos para que haga carrera el doctor Luis Alfonso Hoyos. Los militares muestran sus dientes cuando Uribe olvida la firma de este requisito. Argumentan que han perdido su tiempo y su trabajo, como si sus ganancias fueran tener presos a los guerrilleros y no todo el dinero y las prebendas que del país reciben.

En dos palabras, cae fuera de duda que una entrevista de Marulanda con Chávez podrá ayudar a flexibilizar las partes y a crear un ambiente muy favorable al nuevo intento Pero esa eventual conversación no es un acuerdo entre partes comprometidas en la guerra y de ahí no saldrá humo blanco para el intercambio. Pero puede salir la posibilidad de convertir el acuerdo humanitario en una especie de plataforma de lanzamiento de nuevos diálogos de paz.

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