Por: Armando Montenegro

Colas y colas

Una de las señales de que un país trata por igual a sus ciudadanos es el respeto que impone a las reglas de las filas y las colas, que establecen que las personas, no importa su situación económica y social, deben ser atendidas, en las mismas condiciones, en estricto orden de llegada.

En las sociedades que exhiben grandes diferencias sociales es común que se creen mecanismos discriminatorios para darles prioridad a quienes tienen dinero y conexiones. En esos ambientes, las esperas en las colas, con servicios deficientes y mediocres, son únicamente para los menos afortunados.

En ciertos países se han establecido, de manera abierta, pagos elevados para quienes desean evitar las colas. En los museos de algunos países europeos (Italia, por ejemplo) se cobra una onerosa tarifa por acceder a las exposiciones a través de una entrada expedita, sin la espera, a veces de horas, a la que están sometidas miles de personas. Algo parecido sucede en algunos de los grandes aeropuertos, donde los ejecutivos de las grandes empresas no hacen las colas de inmigración a las que se somete el común de los mortales, un servicio que se paga con sumas considerables. Y los grandes parques de diversiones en Estados Unidos, cuyas colas del verano son legendarias, están estableciendo carísimos planes de acceso inmediato, sin espera alguna, con el complemento de ayudantes, bebidas refrescantes y otras amenidades.

La difusión de este tipo de servicios explícitos en favor de los más ricos se ha asociado a la creciente concentración de la riqueza en Europa y Estados Unidos y ha motivado reflexiones sobre la declinación de viejas tradiciones democráticas.

Colombia nunca ha sido un país que tome muy en serio los mecanismos igualitarios de las colas y los trámites de los ciudadanos. Los abusos y privilegios han sido desembozados y, con frecuencia, aprobados por la costumbre y la tradición. En algunas instituciones del Estado, los grandes personajes del sector privado y público son atendidos en forma expedita en cómodas oficinas, lejos de los rigores de las penosas colas de las mayorías. Se ha multiplicado el número de pasaportes diplomáticos, documentos que permiten evadir las largas filas de inmigración, para favorecer a exfuncionarios, congresistas y magistrados (al parecer, en el pasado, también beneficiaron a puñados de particulares bien conectados). Observadores extranjeros han señalado que las luces de los semáforos colombianos, que deben obligar a que los vehículos hagan colas ordenadas frente a las cebras, son irrespetadas, con la complacencia de las autoridades, por quienes se hacen acompañar de guardaespaldas y matones. Y el Pico y Placa tampoco se aplica para quienes tienen los recursos para hacer blindar sus caminonetas.

Lo que pasa con las colas es sólo una manifestación, un síntoma, de la forma como se aplican los principios de igualdad. Si se cambia la palabra cola por “regulación” o “ley” y se extiende el análisis, es posible encontrar ejemplos que prueban que grupos privilegiados no se someten a las reglas y normas de la mayoría. Este fue el contexto dentro del cual, hace tres años, Antanas Mockus, por pocas semanas, planteó con éxito su tesis contra el atajo y la cultura del atajo que reina en Colombia. Y esta podría ser la bandera de algún partido que tome en serio la defensa de los derechos de los ciudadanos.

 

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