Por: María Elvira Bonilla

La Colombia de la otra orilla

En las ciudades, en la Colombia urbana que se aproxima a la realidad de la otra Colombia de carne y hueso desde la distancia, el paro nacional agrario aparece en la pantalla chica como una protesta, como una molestia más.

Los problemas de ese país desconocido y distante quedan reducidos a titulares, a gritos y consignas cargados de rabia, intercalados además en medio de partidos de fútbol, telenovelas y enlatados. Se mira a la distancia, como algo ajeno, que no concierne al espectador.

Da igual que sea en el Catatumbo, en el Cauca, en el Caguán, en Estambul o en El Cairo. Para el televidente indiferente resultan lo mismo los indignados españoles que los campesinos colombianos, ambos tomándose las vías públicas en medio de pancartas y consignas buscando ser oídos. Esfuerzos inútiles que sólo estimulan a cambiar de canal, con lo que evitan hacerse incómodas preguntas. Confrontaciones.

La actitud del poder es semejante. Los gobernantes se acercan de manera improvisada cuando ya el conflicto está configurado: a apagar el incendio. No superamos nuestra condición de país escindido entre el atraso y la modernidad, acosado por conflictos propios de una sociedad diversa y desigual. Cabalgamos entre el siglo XIX y el XXI. Pequeños sectores cosmopolitas integrados e identificados con la globalización imponen sus decisiones sin cortapisa alguna sobre la suerte de comunidades abandonadas por el Estado a su suerte en términos de su desarrollo, de la defensa de sus derechos. Y se equivocan sistemáticamente.

Crece la protesta social frente a una inocultable inconsistencia oficial entre sus declaraciones y compromisos y sus acciones concretas. Salta a la vista la ausencia, no de ahora, de políticas integrales y estratégicas sobre temas tan sensibles como el agropecuario, la sustitución y el necesario reconocimiento y formalización de una pequeña minería tan vieja como el país que sigue reclamando sus derechos y que no se le confunda, a manera de generalización facilista, con la criminalidad y la ilegalidad. Y esa falencia oficial se da en medio de la indolencia de una población urbana incapaz de transformarse en presión ciudadana para lograr las soluciones que el país olvidado demanda. Ese otro país existe, es la Colombia de la otra orilla, un país que reclama sus derechos y que no se puede ocultar, como se hizo durante los ocho años de Uribe a punta de represión y satanización del disidente, del reclamante de sus derechos. De la respuesta gubernamental a la protesta social depende la suerte de las conversaciones de paz en La Habana, tanto frente a la guerrilla como de cara a la opinión y a las fuerzas políticas que se preparan para confrontarse en las elecciones del año próximo.

Addendum. Sobreviven los poetas y no puedo más que admirarlos en esa capacidad única de acercarse a la condición humana a través de palabras, cargadas de sonoridad y ritmo. Uno de ellos es Daniel Winograd. Sí, el mismo asesor de Gustavo Petro que lidia con la cotidianidad burocrática áspera y mezquina, pero que sabe resguardarse en la poesía. Su último libro, Drama, es un texto coherente, bello e intenso. Doloroso. Logra penetrar a la manera de un cincel esos afectos primigenios que moldean drásticamente nuestras existencias, siempre presentes en nuestras vidas. Irremediablemente. Me impactó mucho.

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