Por: Columnista invitado

A la colombiana

Si quiere acabar con algo que le molesta abandónelo: esta fórmula es la que aplican las autoridades a la reserva Van der Hammen.

Por Pablo Leyva

El domingo 20 de noviembre, El Tiempo dedicó el editorial y un informe especial, que califica como “guerra fría de 16 años”, al debate de la ciudad “sobre si expandir su desarrollo urbanístico hacia el norte armonizándolo con la protección de los recursos ecológicos o si plantar un bosque que interconecte los cerros orientales con el río Bogotá”. El informe pretende “aclarar mitos, desvirtuar mentiras y aflorar verdades” sobre la Reserva y su modificación, que propondrá el alcalde mayor, para el nuevo POT de la ciudad.

La propuesta del alcalde para la Reserva no consiste en un desarrollo urbanístico en armonía con “los recursos ecológicos”, sino en un urbanismo convencional, mejorado con elementos como “parques lineales”, “corredores ambientales” o “corredores ecológicos”, humedales y unas reservas urbanas. Esto no reemplaza la complejidad de las funciones de la Van der Hammen, que es articuladora de geoecosistemas de la Sabana. Y tiene otros fines definidos en el Plan de Manejo: educación ambiental, recreación pasiva, recuperación de especies y áreas de uso sostenible, además de mejorar la calidad del aire y amortiguar el cambio climático. No se pretende “plantar un bosque…”, como dice el subtítulo del informe. Esto desorienta.

El informe se refiere también a otras propuestas del alcalde que dejan ver un urbanismo anacrónico, aseveraciones sin sustento suficiente o contraevidentes. Por ejemplo, urbanizar la reserva porque “Bogotá necesitará 2,7 millones adicionales de viviendas” en el 2050. Y se ganará “espacio público y ecológico”, “sin costo” presupuestal. Que para “destrabar” el norte se requieren vías que deben atravesar necesariamente la Reserva; y que promover el uso del automóvil con la “construcción de baja densidad”… “en municipios de la sabana”… “contribuye más al calentamiento global que modificar la reserva”. Esto no es serio.

Bogotá y la Sabana demandan una intervención estatal urgente y diseñar un plan de desarrollo ambientalmente sostenible y resiliente, que se haga con amplia participación de la sociedad, muchos actores, y tenga una visión de futuro que supere las concepciones tradicionales del urbanismo y el crecimiento económico. Y tenga un programa de transición que contemple la evolución social, económica y ambiental local y del planeta.

El debate en torno a la Reserva no es “un cruce de mensajes de odio”…“con más trasfondo político que rigurosidad técnica”, como dice el editorial de El Tiempo. Se trata de proyectar la ciudad sobre bases sólidas y conocimiento científico que incorpore la naturaleza, sus procesos y cambios. Mientras tanto, no se puede permitir que el Distrito y la CAR continúen con el abandono de la Van der Hammen, para que así se acabe y demostrar que es mejor urbanizarla.

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