Por: Arlene B. Tickner

Le grand séducteur

No es la primera vez que Dominique Strauss-Kahn, le grand séducteur —como algunos en Francia se referían al más seguro candidato del partido socialista a la presidencia en 2012 y el que mejor opción tenía de ganarle a Nicolás Sarkozy—, se ve involucrado en un escándalo sexual.

En 2008, en plena crisis financiera mundial, fue acusado de abuso de poder y tuvo que pedir excusas públicas por el “error de juicio” cometido con quien había sido su subalterna en el FMI. Ahora que ha sido arrestado en Nueva York por intento de violación, una escritora francesa, hija de una política socialista (y amiga de Strauss-Kahn), ha salido a decir que ella también fue acosada en 2002.

Jon Stewart, el conductor del Daily Show, señaló la ironía de que alguien que ejerce tanto poder sobre los países en desarrollo y que encabeza una entidad que ha sido criticada por explotarlos, haya agredido sexualmente a una migrante africana en un lujoso hotel de Manhattan. Más allá del mal chiste, el comentario no deja de ser interesante. Guardadas proporciones, las narrativas mediáticas sobre los escándalos sexuales, así como las que versan sobre el papel del FMI en el tercer mundo, suelen representar a la mujer (y en este ejemplo a África) como un cuerpo pasivo sin cara ni personalidad sobre el que los hombres actúan, y al “acto”, como algo inofensivo. En cuanto a lo segundo, algunos testimonios aparecidos en la prensa francesa sobre Strauss-Kahn indican que sus actitudes “coquetas” podían ser “algo pesadas”, pero que en ningún momento podían considerarse inapropiadas.

Este caso, como los de Berlusconi, Clinton y muchas otras figuras públicas —en su enorme mayoría masculinas—, pone sobre la mesa el vínculo enfermizo que existe entre el poder y la sensación de derecho (entitlement) que éste otorga, entre cuyas expresiones más frecuentes están el abuso sexual (pero también la intervención en los países menos desarrollados). Como lo ilustra la película de Stanley Kubrick, Full metal jacket, el entitlement del hombre blanco —que proviene del poder político, económico y social asimétrico del que goza— se traduce en la guerra en Vietnam en la representación de éste como país incivilizado y subdesarrollado, y como mujer con una sexualidad corrupta y aberrante.

En Francia, cuyas leyes de privacidad y cultura política prohíben inmiscuirse en la vida privada de las figuras públicas, el escándalo de Strauss-Kahn siembra la pregunta incómoda de si en los medios y la política deben existir realidades paralelas, las que se publican y se (re)conocen, y las que deben quedar en silencio. No debe sorprender que el primer escándalo sexual “anglosajón” que hayan tenido que enfrentar los franceses esté generando todo tipo de debates, que van desde especulaciones sobre la existencia de “trampa” y la victimización de Strauss-Kahn, hasta la crítica de la tolerancia que hasta ahora ha existido de las malas conductas sexuales de algunos líderes.

Le grand séducteur plantea el dilema de dónde termina la vida privada y comienza el debate legítimo sobre el comportamiento de los funcionarios públicos. Pero no menos importante, sugiere la necesidad de una reflexión más profunda sobre las víctimas de los derechos imaginados (y reales) que se asocian con el ejercicio del poder.

Buscar columnista

Últimas Columnas de %2