Por: Ricardo Bada

El secreto postal

En 1979, un colega chileno que cumple años el mismo día que yo, tenía un aniversario redondo y conseguí para él —como regalo especial— un ejemplar de un libro casi inasequible, porque se trata de una edición no venal. Pero como tengo amigos hasta en el Infierno...

Cartas a Laura era un libro de por sí magnífico porque en él se publicaban por primera vez los textos de 28 cartas y 17 tarjetas postales que Neruda envió a su hermana Laura, en Chile, desde los distintos consulados donde se desempeñó en Asia: Rangún, Colombo y Batavia (hoy Yakarta), y además desde Shanghái, Buenos Aires, París e incluso alta mar, a bordo del vapor holandés P. C. Hooft, en el que regresaba a Chile con su primera esposa, la neerlandesa Maruca, madre de su hija hidrocefálica, de la que nunca quiso saber nada.

Pero la excepcionalidad de Cartas a Laura consistía en que además del texto de las cartas  y postales, al final del libro, en una cartera especialmente diseñada para ello, se incluían los facsímiles de 23 de esos documentos, fiel y primorosamente reproducidos en todos sus detalles, incluso el tipo de papel. Un auténtico lujo, una joya como objeto es este libro.

Y como tal se lo regalé a mi colega chileno, Alfredo Herzka, tal día como hoy, un 10 de junio, en su 50° cumpleaños. Por supuesto lo estuvo hojeando y me lo agradeció muchísimo: él era y es un nerudiano fervoroso.

Así es que ahora podrán entender muy bien la morrocotuda sorpresa que me llevé al día siguiente, al verlo aparecer de nuevo en mi despacho, con un fajo de papeles en la mano y una sonrisa socarrona, diciendo al mismo tiempo que lo extendía con intención de devolvérmelo: “Hay que ver lo despistado que eres, Ricardo; en ese libro que me regalaste ayer, tenías, traspapeladas, un montón de cartas personales tuyas”.

Eso me dijo mientras me quería devolver los facsímiles de las cartas de su amado Neruda.

Todos los amigos a quienes les conté esta anécdota, todos, han reaccionado diciendo algo así como que mi colega era un idiota además de un analfabeto. Yo, por el contrario, sostengo que es una de las pocas personas que conozco de la que sé decir, con toda seguridad, que respeta uno de los secretos que debieran de ser más inviolables: el secreto postal.

¿O ustedes creen que si él hubiese leído, aunque sólo fuese uno de los facsímiles, me los habría devuelto? Gracias pues a ese libro, supe a ciencia cierta que determinadas conductas humanas, a primera vista estúpidas y hasta propias de analfabetos ignorantes, en realidad son todo lo contrario y demuestran una profunda dignidad personal y un impresionante respeto al prójimo. Gracias, Alfredo, por esa lección.

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