Por: Ricardo Bada

El analfabetómetro

Muchos años atrás, como paradoja (es decir: muy en serio), se me ocurrió decir que la única diferencia entre un analfabeto español y otro alemán es que el analfabeto alemán sabe leer y escribir.

Pero al cabo de unos lustros debo corregir mi paradoja de antaño hacia un escalón inferior: ahora, el analfabeto alemán tampoco sabe ya ni siquiera leer.

Para justificar mi grave afirmación dispongo de lo que yo llamo (e intentaré patentar algún día en la Unesco) mi analfabetómetro, un instrumento de alta precisión que otras mentes menos científicas que la mía calificarían prosaicamente como “semáforo instalado ante la barrera del paso a nivel, del lado oeste de la parada de los tranvías de la línea 16 en Rodenkirchen”, un barrio de Colonia vecino al mío.

Sobre dicho semáforo campea una señal de tráfico que muestra un motor de automóvil cruzado por unas aspas prohibitorias. Pero hay además unas palabras absolutamente inequívocas, ordenando en alemán: “Al detenerse aquí, apague el motor”.

Pues bien: si vienen alguna vez a Colonia y se toman la molestia, como yo, de estudiar la conducta de los automovilistas enfrentados a dicho semáforo cuando está en rojo, llegarían a mi misma desolada conclusión.

Por razones laborales, felizmente inexistentes desde que me convertí más en jubiloso que en jubilado, yo arribaba a ese semáforo todos los días laborables, de lunes a viernes, alrededor de las 5.30 p.m., con mi bicicleta. Y por lo general encontraba bajada la barrera del paso a nivel, y el semáforo en rojo.

Entonces, mártir de la ciencia empírica como soy, comprobé que de todos los automóviles estacionados ante el rojo disco, y cuyos émulos de Michael Schumacher podían verlo, sólo uno de cada diez, y sólo una vez de cada cinco, tenía el motor apagado. Lo cual, si Pitágoras no miente, significa que sólo el 2% de los automovilistas alemanes sabe leer. Aun partiendo de la benévola base de que la mitad de ellos estuviesen distraídos y sólo se fijasen en el disco rojo y no en el resto de la señal de tráfico, ello implicaría que nada más que el 4% de los conductores alemanes sabe leer.

Y eso es terrible, queridas lectoras y queridos lectores, ustedas y ustedes que sí saben leer (puesto que lo están haciendo). Pero no tan terrible como pensar que no es un problema de analfabetismo, sino de algo peor: de irrespeto a la legislación de tráfico y desprecio a la protección del medio ambiente. Por ello, y como decían los juristas romanos: “in dubio, pro reo”. Prefiero pensar que es puro y simple analfabetismo.

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