Por: Klaus Ziegler

Día de la raza

Ha sido tradición en Occidente erigir monumentos a sus peores genocidas, y conmemorar con marchas, desfiles y descargas de fusilería sus más horrendos crímenes.

Dramaturgos, pintores y cineastas han rendido culto a Julio Cesar, a Alejandro Magno, “el bárbaro de Macedonia”, en palabras de Mario Bunge. Pablo Neruda y Nicolás Guillén le cantaron emocionados al monstruo de Stalin. En “Les Invalides” existe un fastuoso mausoleo en mármol rojo en el que se honran  los restos de Napoleón, el más famoso criminal de guerra francés. Y hasta hace poco, cada 6 de agosto, y ante una congregación enardecida, un B-29 piloteado por el General Paul Tibbets recreaba ese día infame en que el Enola Gay dejó caer su carga mortífera, justo encima de un hospital en Hiroshima. La segunda parte del espectáculo, aquella en que miles de japoneses corren sin dirección fija, quemados de pies a cabeza, desnudos, con la piel colgando en jirones, nunca fue tan divertida como para incluirla en la celebración patriótica.

Entre tantas costumbres bárbaras, hay una celebración que deberían ser motivo de reflexión mas no de júbilo: la “Fiesta de la raza española”, hoy llamada “Día de la raza”, en memoria de la hazaña de Colón, y en reconocimiento de “la intimidad espiritual entre la Nación civilizadora y las formadas en suelo americano”. Las connotaciones racistas del festejo serían motivo suficiente para objetarlo, dejando de lado el hecho “insignificante” de que el 12 de octubre señale el comienzo de aquello que el historiador alemán Bruni Höfer llamó el “Reich de quinientos años” de dominación europea.

La aniquilación de las poblaciones americanas constituye un genocidio a escala colosal. No había transcurrido medio siglo después del arribo de Colón a la Española, y ya la isla se veía desolada: cerca de ocho millones de “indios” habían muerto a manos de los invasores, o como consecuencia de enfermedades desconocidas en el nuevo mundo. Y era solo el comienzo. Es imposible estimar cuántos millones fueron víctimas directas de la guerra genocida, de los trabajos forzados, o de las epidemias. El exterminio total sobrepasa los cien millones de seres humanos, según estimativos de David Stannard y otros historiadores. Solo la costa occidental suramericana albergaba más de nueve millones de habitantes poco antes de la llegada de los españoles. Para finales del siglo XVI quedaban menos de un millón; y apenas unas décadas más tarde, 94% de la población nativa había desaparecido por completo. Una catástrofe de proporciones similares ocurría en muchos otros lugares del continente.

Las historias de horror llenarían volúmenes enteros. Uno de los pasatiempos favoritos de los conquistadores españoles era la cacería de indígenas, a cargo de perros entrenados en el destripamiento de humanos. “Leoncico”, la mascota de Vasco Núñez de Balboa, se hizo famosa por arrancarle de un mordisco la cabeza a un cacique en Panamá. Otro cronista narra cómo fueron desmembrados a cuchillo todos los habitantes de un poblado, y cómo el explorador ordenó más tarde que cuarenta personas, entre hombres, mujeres y niños, que habían logrado ocultarse, fueran despedazadas por los mastines del sádico español. Sin embargo, un imponente monumento en la capital de Panamá honra al sanguinario “descubridor del Pacífico”: sobre un globo terráqueo sujeto por cuatro figuras desnudas, Balboa sostiene la bandera de España en su mano izquierda, y empuña en la derecha su espada, que se confunde con una cruz.

Las inenarrables torturas ordenadas por Francisco Pizarro son relatos aislados entre los cientos de atrocidades que conforman esa crónica de horrores que fue la Conquista de América. No obstante, una estatua ecuestre en el centro de Lima honra la memoria del saqueador asesino. Otra estatua, en Medellín de Badajoz, hace homenaje al más ilustre de sus hijos, Hernán Cortez: una imponente figura en bronce muestra al conquistador de Méjico, arrogante, pisando con su pie izquierdo la cabeza decapitada de un azteca. Y el monumento más alto de Argentina rinde homenaje al general Roca, el exterminador de los nativos patagónicos, convertido hoy en héroe de la conquista del desierto.

Para muchos intelectuales, la campaña de aniquilación es solo una exageración grosera, pues los auténticos verdugos no fueron los piadosos conquistadores, sino las epidemias. El testimonio innegable de la crueldad sin par de los españoles se minimiza, o se ignora por completo. El hecho de que pueblos enteros hayan sido esclavizados, torturados o pasados a cuchillo no plantea ninguna dificultad moral. Un reconocido escritor colombiano llegó a referirse a este aterrador período de la historia en los siguientes términos: “Debemos estar agradecidos. Si no fuese por los españoles desconoceríamos el silogismo, a Miguel Ángel y a Botticelli”.

Podríamos hacer un ejercicio kantiano, e imaginar qué habría sucedido si la operación Barbarroja hubiese culminado con el exterminio de los pueblos eslavos. Sin duda, hoy tendríamos una fiesta cada 22 de junio, el “día de la raza alemana”, en memoria del comienzo de las heroicas acciones de la Wehrmacht que llevaron a los pueblos bárbaros la cultura de la “Nación civilizadora”, imitando las palabras de Faustino Rodríguez San Pedro. Como la estatua de Balboa en Panamá, habría otra, quizás en Kiev, la de un oficial de la SS empuñando altivo la bandera de guerra del tercer Reich. Y otra de Heinrich Himmler en Múnich, con su bota sobre la cabeza decapitada de un judío polaco. Y todo ello parecería apenas natural.

En varios países europeos la negación pública del exterminio judío constituye un delito; la del genocidio americano, un motivo de conferencias y homenajes. Si no fuese por un puñado de cronistas fidedignos y de académicos valerosos hoy no conoceríamos las dimensiones reales de la tragedia. Lo que perdura en la mayoría de los textos es la vulgar versión de los vencedores, un insulto a los sobrevivientes del mayor holocausto en la historia humana.

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