Por: Andrés Hoyos

De escrituras y renuncias

Hizo bien Camilo Jiménez en publicar su carta de renuncia a la cátedra de comunicación social en la Javeriana, pues pese a que su derrotismo no lleva a ninguna parte, el boroló armado destapó una herida mal curada: la de la disgrafía prevaleciente en nuestro país, en particular entre los estudiantes universitarios.

¿Cuándo fue infligida la herida? Hubo varios episodios, entre los cuales yo destacaría la confección del ridículo taparrabos bienpensante que sugería que Bogotá era la Atenas Suramericana o las ínfulas que posteriormente se dieron los colonizadores del Viejo Caldas, según las cuales existía el entronque grecoquimbaya que los emparentaba con la Grecia antigua. Porque nunca hubo tal relación privilegiada entre nuestras esforzadas regiones y los tiempos legendarios de Platón y Aristóteles; lo que sí hubo fue una dramática complacencia con la propia precariedad. Creo, sin embargo, que el golpe más duro vino a fines de los sesenta y comienzos de los setenta, cuando desaparecieron los departamentos de castellano de varias universidades, con el pretexto de que las artes, incluida el arte de la escritura, eran subversivas. A partir de entonces se expiden títulos universitarios a personas que bien pueden resultar incapaces de redactar correctamente no ya un párrafo, sino una oración con sujeto, verbo y predicado. Para colmos, el prestigio de un par de mediocres presidentes gramáticos y la obsesión normativa del país nos fueron llenando de iracundos correctores de pruebas ambulantes. La gramática para ellos es un arma de censura y de agresión, no un instrumento de elocuencia. Conminados a escribir, los censores salen por lo general con una prosa funeraria, a despecho de la cual siguen pontificando.

Publicada la letanía de Jiménez, surgió la tendencia contraria, signada por una clara indignación. Alejandro Gaviria, por ejemplo, dedicó al tema su columna del domingo en la que, víctima de un optimismo incauto, sugiere que como ha habido algún progreso en la calidad de los estudiantes universitarios del país, el problema de la disgrafía no es relevante. Pues bien, si uno empieza a trepar muy abajo en la escalera y lo hace lentamente, tampoco llega a ninguna parte, así suba.

La solución al dilema es archiconocida: es preciso multiplicar la oferta, hoy inexistente, de la escritura creativa como carrera de pregrado, con las correspondientes electivas para los estudiantes de otras disciplinas, al tiempo que se enseña en serio a escribir desde la escuela primaria. Aunque la escritura creativa es ante todo una muy deseable alternativa a la carrera de literatura, hoy arrinconada por un establecimiento posmoderno que la sume en una turbiedad académica cada vez más desconectada de la realidad de la que nacen los libros, no se trata de entrenar a alguien para que escriba una gran novela —tarea, de hecho, imposible—, sino de ofrecer al estudiante una panoplia más o menos sofisticada, según su necesidad, para que se exprese por escrito con claridad y con un mínimo de gracia.

La lectura es un prerrequisito indispensable, porque en este caso el orden de los factores sí altera el producto: quien no aprende a leer, nunca aprenderá a escribir (así haya buenos lectores que no lo hacen). De cualquier modo, sí es posible enseñar a escribir a los nativos digitales y al resto del mundo, siempre y cuando la velocidad cibernética se combine con la lentitud de los libros.

[email protected] @andrewholes

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