Y cuando todos los medios de comunicación ya han elegido a los personajes del año. Es decir, a hombres y mujeres que han sobresalido por sus aportes a la sociedad desde ámbitos tan diferentes como el servicio público, el deporte, las artes, la ciencia y la investigación, entre otros.
Estos reconocimientos, merecidos la mayoría de las veces, nos impiden en muchas ocasiones ver, reconocer y recordar a miles de ciudadanos anónimos que son personajes del año. A pesar de las dificultades, de las penurias para sobrevivir en medio de condiciones adversas, de ver desaparecer todo lo que han construido durante años, de perder su salud y, lo que es peor, a sus seres queridos, nos enseñan el valor de la solidaridad y nos llenan de esperanzas.
Pero también nos hacen reflexionar sobre el inmenso daño que muchas personas le hacen a la sociedad. Cuando por privilegiar a toda costa sus propios intereses sacrifican el bien común. La tragedia invernal y muchos de sus daños colaterales son un buen ejemplo de ello: ayudas que no llegan a sus beneficiarios; constructores que transgreden las leyes para incrementar sus ganancias, sin importar los perjuicios que puedan causar; funcionarios públicos que abusan de su poder para favorecer a unos pocos, a costa de la seguridad de miles de habitantes; ciudadanos que violan las normas, para obtener pírricas ganancias en comparación a la destrucción que generan, son sólo algunos ejemplos de insolidaridad. Y que bien podríamos llamar los antipersonajes del año.
Ernesto Sábato, el inolvidable escritor argentino fallecido el pasado 11 de abril de 2011, a escasos dos meses de cumplir cien años, en su ensayo La resistencia (Sábato, Ernesto (2000). La resistencia. Buenos Aires: Grupo Planeta Argentina / Seix Barral), se refería al individualismo y la competencia como dos males de la sociedad contemporánea.
Pero, además, al hablar de la salvación de los hombres frente a los males que los acechan, nos recordaba lo siguiente: “En esta tarea lo primordial es negarse. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”. Y agregaba: “Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana, están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de estos días”.
Ojalá que todos los días de 2012 todos nos levantemos con esa esperanza demencial.
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