El voto de la gasolina

¿En un periodo de crisis fiscal de los gobiernos, será populista bajar el precio de la gasolina convertido ahora en un termómetro que, de paso, les mide la popularidad?

Con el petróleo por encima de 100 dólares, consecuencia de la inestabilidad política mundial, la ausencia de alternativas energéticas  y un consumo creciente en China, resulta complicado que los gobiernos asuman el impacto de la trepada de precios. A menos que esos altos precios determinen el fin de esos mismos gobiernos por su peso en el voto, como podría suceder en Estados Unidos y en Francia en un año de elecciones. Pero, la situación de Colombia es diferente.

Con el galón por encima de 4 dólares, más barato que en Colombia, los electores  norteamericanos comienzan a olvidar los resultados que el Presidente  empieza a obtener en la recuperación de su economía. Una encuesta realizada la semana anterior muestra que el 65% de ellos desaprueba la gestión del gobierno en los precios de los combustibles, coincidiendo con la caída en la intención de voto por Obama y situándole por debajo de su eventual competidor. Culpa de la gasolina.

En Francia, donde el precio por litro ronda los dos euros, las cosas no son diferentes. En un año electoral le quedará difícil al presidente Sarkozy sustraerse del impacto que la gasolina tendrá en las elecciones en que aspira a su reelección.

En Colombia, el precio del combustible  comienza a colocarse adelante en la agenda pública, convirtiéndose en un factor para evaluar la gestión del gobierno. Por primera vez parece tomar fuerza la iniciativa de cambiar la fórmula para conseguir bajar el precio unos mil pesos. ¿Será esto suficiente?

La situación fiscal de nuestro país es decididamente mejor que la de muchas naciones desarrolladas. Los tributos subieron un 24% con relación a 2010, bastante por encima del crecimiento de la economía, lo cual habla bien de la gestión del gobierno que ha considerado oportuno  aprovechar este buen momento para proponer una reforma estructural del régimen de impuestos y no solo alcabalera. Bienvenida la reforma y el freno a los avivatos. Nadie quiere un estado quebrado  que no pueda cumplir sus funciones. Pero ¿No es también un buen momento para devolver algo a los consumidores cambiando el sistema de precios e impuestos de la gasolina?

Si tenemos en cuenta que los impuestos, incluida la sobretasa, representan más del 30% del precio en la calle,  y bastante de ellos va a las entidades territoriales,  podríamos  hacer más eficientes los recursos públicos allí. La incorporación de un sistema de indicadores de eficiencia y lucha anti corrupción, en alcaldías y departamentos, par y paso con la transferencia de recursos, ayudaría.

La gasolina es un importante precio de referencia que incide en la fijación de otros. Su  impacto económico y psicológico es determinante en el estado de ánimo de la gente pero también en la inflación. Con un parque automotor que supera las cinco millones de unidades, se espera que ese mercado continúe creciendo. Aún tenemos menos vehículos por habitante  que Bolivia y no podemos seguir pensando que reducir el precio de la gasolina se trata de beneficiar a una élite, acomodándole toda clase de  impuestos y considerando, como único factor, la evolución del precio internacional. La gente espera de sus gobiernos el uso de herramientas efectivas que amortigüen esos “golpes”.

Colombia no se encuentra en un año electoral y ello habilita, en lugar de descalificar, al ejecutivo para desmontar un precio  de los combustibles que no se acomoda a las expectativas ni a los ingresos de los ciudadanos y  es francamente antipático, en el sentido político, y no politiquero, de la palabra. Ningún momento más oportuno que este para usar el probado ingenio de nuestro recaudador de impuestos en la búsqueda de fórmulas para colocarlo en un nivel más equitativo y acorde a nuestra realidad.

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