Opinión |14 Mayo 2012 - 11:00 pm
Recuperar el campo de batalla
Por: Daniel Pacheco
Ojalá para el momento de publicación de esta columna Roméo Laglois sea un hombre libre de nuevo, luego de las reiteradas promesas de las Farc de devolverlo “sano y salvo”.
Espero no adelantarme con el tono de lecciones aprendidas, pero discutiendo el episodio de su secuestro me gané una reprimenda de un excorresponsal gringo que vale la pena compartir: “Ustedes los medios colombianos son muy vendidos… todos”.
La distancia entre la perspectiva de los medios colombianos y el resto de la prensa internacional apareció inmensa cuando dos periodistas extranjeros, Karl Penhaul y Carlos Villalón, un inglés y un chileno, fueron hasta la zona del secuestro y trajeron de vuelta un video en el que un jefe de cuadrilla de la guerrilla leía el comunicado donde la guerrilla reconocía que tenía a Roméo en su poder.
En Bogotá no corrió esa desazón fría de cuando se pierde una exclusiva, parecía haber una aceptación tácita de que era una tarea fuera de límites para los colombianos. Y sin escozor los periodistas extranjeros se convirtieron en fuente de medios colombianos.
Penhaul y Villalón no son precisamente “auxiliadores del terrorismo”. Penhaul, por ejemplo, fue el periodista seleccionado por la prensa de los Marines de EE.UU. para acompañar a la tropa estadounidense el día de la retoma de Faluya, durante la guerra en Irak. También ha estado con las pandillas de Medellín y con migrantes mexicanos. Esta no es información privilegiada, cualquiera con una conexión de internet, incluso desde las montañas de Colombia, puede verlo en su cuenta de Youtube.
¿A qué horas perdió el periodismo en Colombia la capacidad de moverse entre las barreras que las partes del conflicto establecen? Parece que al caer de la zona de distensión. Después de tomarse todos los whiskys con los comandantes farianos, los medios se plegaron, entre el espantoso guayabo, a las distinciones impuestas por el Gobierno de qué es aceptable y qué no como fuente.
Para ser un país con una guerra tan intrincada, tan profunda, tan prolífica, nuestro periodismo lleva un registro de más de una década de pobreza en imágenes, sonidos, las voces del conflicto. “Bajamos la guardia —o nos presionaron para hacerlo— y cedimos en el esfuerzo por comprender los hechos más allá de la coyuntura”, dice María Elvira Samper.
Será difícil recuperar ese papel, pero por fortuna o desfortuna, parece que hay mucho tiempo por delante para hacerlo, porque el fin del fin se volvió un eufemismo para la eternidad. La tarea requerirá un cambio generacional dentro de los medios. De nuevas plumas y micrófonos desafiliados de las decepciones de pasado. Pero no puede hacerse si arriba no abren el espacio. Si los directores y los dueños no permiten y apoyan que los nuevos periodistas hagan lo que antes hicieron ellos. Tal vez esta generación contará con más fortuna en una guerra que ya lleva lo suficiente como para dejar en carne viva los cinismos de lado y lado.
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