Por: Santiago Gamboa

Otro buen libro, otro imprescindible

En aire de Dylan, Enrique Vila-Matas continúa su trabajo de reformular la historia de la literatura en su particular modo: la del personaje que observa el mundo por encima de un libro y ve la vida como extensión de él.

Y al hacerlo sube la apuesta literaria, algo que trae un poco de oxígeno en un momento en que la literatura exige gestos cada vez más radicales, tan agredida por la “narrativa comercial” y lo que Vargas Llosa llama “la civilización del espectáculo”.

Los temas que trata Vila-Matas están ya en sus libros anteriores: el anhelo de desaparecer, como en Doctor Pasavento, el deseo de abandonar la escritura, como en Bartleby y compañía, sólo que en este caso la reflexión literaria se da a partir del fracaso. El fracaso como especialidad, como estética, como forma de vida (dando por hecho que toda vida, al final, está condenada al fracaso) e incluso como objeto de colección. La forma elegida es la del “congreso”, donde el narrador se encuentra con Vilnius, quien reemplaza a su padre asesinado (Lancaster) y conducirá con sus escritos la parte activa de la trama.

A partir de ahí la novela se instala en otro territorio: la historia de Vilnius comunica con Hamlet: padre asesinado, contubernio asesino entre la madre y el amante, hijo poseído por el espíritu del padre que busca venganza. De algún modo, Vila-Matas propone una versión de la tragedia de Hamlet, pero con una iridiscencia que puede provenir del Ulysses de Joyce, pues responde a la teoría joyceana sobre Hamlet y Shakespeare: la idea de la búsqueda del padre (o reemplazo del padre asesinado) a través de una consubstancialidad no necesariamente genética. Ulises es a Telémaco lo que Leopoldo Bloom a Stephen Dedalus y el narrador a Vilnius. O en otras palabras: el narrador, que ha dejado de escribir y además quiere dejar de hablar y no tiene hijos, busca un “hijo” literario que será Vilnius. Busca a Telémaco y encuentra a Hamlet, y al hacerlo se convierte en Leopoldo Bloom. Su modo de reemplazarlo será escribiendo las memorias del padre (apropiándose de su vida).

Quien escucha una historia y la comprende, en el fondo la crea. La partenogénesis está en el lector o espectador que se convierte en cómplice. Lleva a cabo una gestación y reemplaza a la madre, una madre culpable: “Fragilidad, tu nombre es mujer”, dice Shakespeare, y Joyce repica: “Fragilidad, tu nombre es matrimonio”. Y luego agrega: “Eva, vendedora de la raza por una manzana de un penique”. La misma que en la novela de Vila-Matas se llama Laura Verás, la malvada madre de Vilnius y amante de Max, factótum del crimen del padre (usando el sistema invisible de la “espada de hielo” que Graham Greene presenta en su novela Brighton Rock). La madre es la misma “reina culpable” de Shakespeare.

Como siempre en Vila-Matas, todo es literario: el anhelo del fracaso convierte a Vilnius en un Oblomov contemporáneo, el hotel Littré de París aparece en Barcelona y los personajes y el libro están obsesionados por una frase: “Cuando anochece, siempre necesitamos a alguien”. Enfermos de símbolos y de lecturas, los personajes expresan, una vez más, la infinita soledad de la escritura y de la vida, ante la cual la única actitud posible, nos dice, es fingir, en “la gran fiesta de la astucia y la mascarada”.

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