Por: William Ospina

La tragedia griega

Quien conoce la historia sabe que Grecia inventó a Europa.

Pero esa Grecia no eran unos cuantos individuos sino toda una cultura de diálogo, lucidez, pedagogía, asombrosa libertad de pensamiento, ciudadanos activos de imaginación desbordante, arquitectos, matemáticos, mercaderes, finos artesanos, artistas, la política aliada con el pensamiento y con la estética, una sociedad donde hasta esclavos como Esopo y Diógenes fueron sabios filósofos, y donde no se sabe qué era más admirable, si el conjunto de los ciudadanos o cada uno de ellos.

Grecia fundó el diálogo filosófico, la geometría, los paradigmas de la ciencia. Sin ella no habría podido nacer el cristianismo, pues la filosofía platónica fue fundamento de esa religión que por primera vez creó la posibilidad de una Europa unida. No deja de ser extraño y muy simbólico de los tiempos que corren, que ahora Grecia no quepa en la Unión Europea, y muchos estén considerando la opción de separarla del proyecto continental.

Günter Grass ha salido a declarar, otra vez en verso, que Europa no es concebible sin Grecia. Paul Krugman ha anunciado con palabras fatales que Grecia se apartará del euro, que seguramente volverá al dracma, y que tal vez así Grecia termine, como Argentina, pagando treinta céntimos por cada dólar que debe. Alemania, la locomotora de Europa, exige ajustes fiscales y austeridad total en el gasto: que Grecia pague los excesos de unos gobiernos que gastaron como si estuvieran produciendo al ritmo alemán, y endeudaron el país a niveles inconcebibles. Hollande, el nuevo presidente francés, no propone severidad y austeridad a la alemana, sino una estrategia de crecimiento y gasto público.

El propio Krugman, premio Nobel y uno de los gurúes de la economía mundial, ha repetido con énfasis la fórmula de Keynes: “el momento para la austeridad son los tiempos de bonanza y no de crisis”. Ha dicho que se requiere crecimiento y gasto público, el modo como los Estados Unidos se sobrepusieron a la gran crisis del año treinta.

Se diría que estas son cosas de las que sólo pueden hablar los economistas, pero es ya común el chiste de que los economistas son expertos en predecir durante un año lo que ocurrirá y gastar diez años en explicar por qué no ocurrió. Nuestro país ha estado en manos de expertos estadistas, y hay que ver qué catástrofe económica vivimos, qué escandaloso espectáculo de inequidad ofrecemos al mundo, qué abismo de dolor humano es Colombia.

No nos servirá de consuelo advertir que tampoco los expertos europeos encuentran por estos días la fórmula. Al rescate entre escándalos del 2010 siguió la crisis del 2011, y ahora llega la supercrisis del 2012, que no sólo amenaza con el desprendimiento de Grecia, sino que tiene en fila a España, y teme el colapso del euro en su conjunto.

Uno de los graves problemas del mundo consiste en que nos hemos acostumbrado a delegar todas las decisiones. Siempre estamos esperando que sean esos gobiernos no siempre virtuosos, esos líderes no siempre equilibrados, esos ministros no siempre inteligentes, y en suma esos políticos casi siempre monstruosos, quienes resuelvan los grandes problemas de la historia. Pero la democracia representativa también está en crisis, y la solución no es, como querrían algunos fanáticos del Twitter, la tiranía: esa astucia de llamar democrático todo lo autoritario, sino una ampliación verdadera de la democracia real.

Lástima que Grecia se haya olvidado tanto de ser Grecia, en ese sentido de pueblo cultivado, ágora del pensamiento y de la acción, rica imaginación colectiva, amor por la belleza, por el pensamiento y por el debate público.

La crisis también consiste en unas instancias de poder que pretenden falsamente tener la solución. Lo que el mundo necesita son cada vez más iniciativas no centralizadas, esfuerzos creativos, productivos y afectivos que cambien el ánimo de las comunidades y se conviertan en factores de equilibrio. La crisis también es un hecho psicológico. Las instituciones envejecen y los pueblos tienen el deber de inventar nuevas maneras de asociación, caminos de productividad, de creatividad, instancias nuevas de decisión.

Y los defensores de lo establecido sólo pueden hacerlo si demuestran que esas viejas instituciones funcionan, si prueban que la vieja armazón del poder está siendo causa efectiva de felicidad ciudadana. ¿Cómo defender unas camisas de hierro que no dejan respirar a las sociedades? Ya en España, hablando de la monarquía, de los partidos políticos, del poder judicial, de la banca, de las comunidades autónomas, de los entes locales, del sistema financiero, alguien ha dicho que se requiere “una revisión en profundidad, incluso una refundación de algunas de esas instituciones”.

Todo está por inventar, el orden institucional tiene que justificarse por su utilidad y por su contribución a la felicidad colectiva. Ahora se trata menos de hablar del mero conocimiento acumulado que de la capacidad de las comunidades de responder a los desafíos.

Es lo que ha dicho, en el campo de la pedagogía, el especialista alemán Michael Gaebel, responsable de políticas de la Asociación Europea de Universidades: “El conocimiento envejece muy pronto. Aprender a aprender, a adaptarse, a asumir responsabilidades, ser responsable y flexible son las habilidades genéricas en la mayoría de los campos”. Una frase digna de la antigua Grecia, dicha en momentos en que Europa se dispone a arrojar a Grecia por la borda.

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