Opinión |16 Jun 2012 - 12:05 am

Gustavo Páez Escobar

Jonás

Por: Gustavo Páez Escobar

No es usual que un perro se llame Jonás. Pero así se llama el nuestro, el simpático habitante del predio campestre de Villa de Leiva.

Nos lo regalaron de cuatro años, y ya se llamaba Jonás. Es posible que el nombre bíblico se lo hubiera puesto algún niño imaginativo que se fascinó con la historia de la ballena que se tragó al profeta, y a los tres días salió éste sano y salvo, y por supuesto triunfante, del vientre monumental del cetáceo.

Sea lo que fuere, el noble animal se convirtió en un miembro de la familia. Bien pronto se volvió objeto de admiración, entretención y cariño. Lo veo correteando por la finca, brioso, elegante y fiestero. Cuando llegamos a Villa Astrid, sale a recibirnos, en medio de alborozos exuberantes, con un palo en la boca, a manera de bienvenida. Si no aparece rápido el palo, busca una piedra tosca –por lo general de buen tamaño– para cumplir su estricta y calurosa regla de protocolo. Y al acercarse a nosotros da unos cuantos brincos en el aire, como todo un acróbata de la agilidad y la gracia, para así testimoniar la alegría que lo embarga.

Cuando al término de la temporada advierte que nos preparamos para el regreso, agacha la cabeza en lo alto de la loma, y de allí no se mueve. Permanece absorto mientras ve el ingreso de las maletas a los vehículos, y luego entra a su casa, a paso lento, decaído y taciturno. Existe una oculta fibra sentimental que une a los animales con los hombres. No todos los hombres saben encontrarla. En Jonás, que es todo sentimiento y nobleza, distinción e inteligencia, su percepción de la alegría y el dolor es más aguda que en muchos de sus congéneres.

Al principio tuvo problemas con Brownie, su compañero de morada, a causa de los cuales solían enfrentarse en encarnizadas contiendas. Brownie llegó a compartir el espacio de la finca a los pocos días de nacido, y como ambos son labradores (Jonás, cruzado con bóxer), supusimos que se llevarían bien. Así ocurría por lo general, pero la paz se alteraba cuando surgían motivos de celos, o de territorio, o derivados del temperamento dominante de Jonás.

Luego de darles algunas clases de convivencia tomadas de textos científicos, vimos con satisfacción que las dos mascotas se habían sociabilizado por completo, y terminaron entendiéndose como un par de hermanos. Para quienes saben de perros, comprenden muy bien estas cosas.

Y pasó el tiempo. A Jonás comenzó a vérsele el pelo blanco, señal de madurez y vejez. Ya no andaba rápido, a veces se fatigaba, dejó de volar por el campo como una saeta… Me acordé de Piero, en su canción famosa: “Viejo, mi querido viejo, ahora ya camina lerdo… la edad se le vino encima sin carnaval ni comparsa”. Fue entonces cuando le agregué otro nombre, nombre honorífico y muy bien ganado: “el patriarca”.

Mi patriarca se había vuelto viejo. Revisamos su calendario, y nos cercioramos con desconsuelo de que ya tenía 13 años, que convertidos a la edad canina representaban 80 años. Con la edad, vinieron las enfermedades. No solo disminuía su brío habitual, sino que perdía el oído, el equilibrio y la vivacidad de otros días. Sin mayor dificultad le descubrimos las densas cataratas.

Varias enfermedades, todas a un tiempo, dieron cuenta de la decadencia evidente del patriarca. Lo mismo que nos ocurre a los humanos. Por algo el hombre y el perro se parecen. Nuestra mascota tuvo, dentro de una familia compenetrada con el sentimiento hacia los animales, las mayores atenciones en su vejez, y contó con todos los recursos de la ciencia.

Jonás ya no existe. Lo derrotó el calendario. Murió sin sufrimiento, este 8 de junio. Brownie duró buen tiempo lanzando ladridos lastimeros. Según el veterinario, esta es la manera de expresar su luto el compañero o compañeros sobrevivientes. El par de loros, con su algarabía habitual, hablaban su propio lenguaje, mientras el cortejo de gallinas rebuscaba en el pasto, con cierta tristeza, el alimento cotidiano.

Corrijo cuando digo que Jonás ya no existe: existe en el corazón de una familia que no olvidará su presencia en el terruño, donde se queda en medio de flores, de paisajes y de recuerdos gratos.

gustavopaezescobar@hotmail.com 

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leanroba

Jue, 06/28/2012 - 07:58
Tuve la fortuna de conocer desde cachorro a Jonas, un perro con unas cualidades extraordinarias, eso si muy consentido y elegante con sus pañoletas, siempre con su entereza y gran nobleza. Al leer estas lineas no dejaron de aguarseme los ojos, pues no tenia conocimiento de su partida terrenal, se que donde está ahora esta feliz brincando alto y batiendo su cola, trayendo piedras y palos para jugar. Claro que si seguira viviendo en nuestro corazones,
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Requeñeque

Sab, 06/16/2012 - 18:50
Muy sensible su artícilo, me duele ver un animal sufriendo y definitivamente quiero más a los perros que a los humanos...
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suesse

Sab, 06/16/2012 - 15:31
Comprender las sensibilidades que nos rodean, y que provienen de todos los seres vivos con los que deberíamos compartir mejor este planeta, este tiempo que tenemos, nos harían mejores seres humanos, gentes de bien. Sociedades avanzadas, realmente con calidad de vida. Pero siempre pienso en que si no nos conduele ni nos importa ver decenas de niños en calles, semáforos, vias, carreteras, minas, campos y casas siendo víctimas de vejámenes diarios a su dignidad, integridad y salud...qué diablos le importa a esa mayoría lo que ocurra con perritos, gatos, toros, pájaros, peces, caballos ultrajados, etc? Y en un país cada vez menos "rural", y lleno de cemento y compañías virtuales, pues peor...
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bettertime

Sab, 06/16/2012 - 12:12
Buena nota. Mucha sensibilidad.
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karissa

Sab, 06/16/2012 - 09:08
Hermosa historia del Patriarca Jonás. Ojalá el hombre aprendiera y tuviera la sensibilidad de los animales quienes son fieles hasta la muerte. Al morir su amo acá en los Estados Unidos, el perro se echó en su tumba, no comía y ahí permaneció hasta el día en que se fue a buscar al amo de toda la vida.
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El de la H

Sab, 06/16/2012 - 06:48
Yo llevé a mi perra a que viera a mi otro perro que acababa de morir golpeado por un bus antes de enterrarlo; no tenía heridas externas, así que no se veía muerto. La perra lo vio, se detuvo, lo olió de lejitos y se fue como si nada. Pensé que no le había dolido verlo muerto pero al día siguiente (y por tres días en total), no comió, no salió, no le ladró a nada: entendí que estaba en negación el primer día, que asimiló el golpe sobre la marcha e hizo el duelo a su manera. Los animales no manifiestan sus sentimientos como nosotros pero de que tienen los mismos sentimientos no hay duda.
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Condoricosas

Sab, 06/16/2012 - 05:09
Este tipo de historias debería llevarnos a revaluar el maltrato y sufrimiento que imponemos a la mayoría de animales (ya sea porque los matemos para la alimentación humana o porque arrasemos su hábitat para extraer recursos). Cualquiera que haya vivido una historia de callado entendimiento con una mascota sabe que los animales no son autómatas indolentes, sino seres sensibles como nosotros, y que por lo tanto deberían tener derecho a la vida, a la libertad y a no ser torturados.

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