Opinión |17 Jun 2012 - 1:00 am
El caminante
El país más feliz del mundo
Por: Fernando Araújo Vélez
Ya en la calle, como todos los días, comenzaron a atormentarlo las dudas, porque unos buses estaban muy sucios, porque otros iban demasiado rápido, porque alguno no se veía muy legal, porque uno más parecía un remolque a punto de perder una rueda.
Ya en la calle, como todos los días, insultaba al aire e imploraba porque algún día alguien colgara letreros en los buses que dijeran “soy decente”, “conduzco a una velocidad moderada”, “dejo a los pasajeros en el andén”. Todo utopía. Ya en la calle, tenía que arriesgarse a detener el primer bus que pasara y subirse ahí, a ese mundo encerrado y veloz, peligroso, sucio, pegajoso, maloliente; ese mundo de cuchillos posibles, de atracos a la vuelta de la esquina, de frenadas agresivas, de golpes, empujones, raponazos, groserías, vejámenes...
Y se arriesgó, como todos los días. Y refunfuñó apenas se subió al primer bus y casi se da contra el vidrio del señor conductor pues en la radio decían, gritaban con música de Colombia tierra querida que una firma de investigadores acababa de decidir que Colombia era el tercer país más feliz del mundo. Él no hacía parte de las encuestas, pensó, seguro que no, y en ese instante, menos. Después de pagar, constató que en el bus no iba sino un pasajero. Mala señal, pensó, pero luego se tranquilizó pues era un señor entrado en años. La radio seguía con su estruendo de felicidad. El trancón medía kilómetros. Llovía. Media cuadra adelante el señor de los años se bajó. Ahora eran sólo el bus, el chofer y él. La radio, de repente, dejó su algarabía. Las gotas reventaban las ventanas, que se fueron empañando. La gente de los carros transpiraba desesperación.
De repente, pasado un semáforo, el bus frenó y el señor conductor abrió su portezuela. Le dio tres palmadas a una hoja de latón y dijo que él llegaba hasta ahí, que si quería le devolvía lo del pasaje, que se bajara. Él protestó. Dijo cualquier cantidad de cosas que no importaban, por supuesto. Y se bajó a la calle, a la mitad de la calle, donde lo arrolló una moto sin placas y sin luces.
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