Opinión |26 Jun 2012 - 12:01 am
Rendirse
Por: J. William Pearl
No seguir, aparentemente es más fácil que continuar.
Uno puede creer que el claudicar es fácil, pero dejar una cosa a medio camino puede resultar más complicado que terminar la faena. Si uno ve muy de cerca la cima de una montaña y se rueda, lo más cómodo podría ser no volver a subir. Sin embargo, el hecho de no intentar de nuevo la subída, no es necesariamente lo que uno necesita. Existen muchos argumentos para vencerse, para rendirse, para renunciar. Pero solamente uno para seguir adelante: la certidumbre de saber que sí se podrá.
Claudicar es a largo plazo algo muy perjudicial para el crecimiento personal, pues siempre estará en la mente la pregunta ¿por qué no fui capaz?, ¿que me llevó a dimitir? Rendirse aparentemente es lo más fácil de hacer, simplemente es cerrar los ojos, no ver las consecuencias y sentarse a esperar que el tiempo pase. Sin embargo, el ser humano está hecho para cosas, que sumadas todas, ayudan a encontrar la excelencia. Por eso el hombre, en general prefiere luchar, dar la batalla. Si se renuncia a algo fácilmente, tendrémos toda la vida para meditar sobre lo hecho, muy seguramente no dejará de rondar la pregunta por el qué hubiera pasado si en lugar de éste camino hubiera escogido el otro. Y no hay nada más desgastante y frustante que la inseguridad de no saber si de haber tomado el otro camino, mi presente estaría mejor.
Para seguir se requiere del convencimiento, del valor para prolongar la lucha. La mayoría de veces la meta no esta nada cerca. Algunos piensan que lo que mueve a las personas a hacer las cosas es su ego, su vanidad, el querer siempre quedar bien ante los otros; pero no, es la fortaleza, la disciplina y la constancia las que terminan siendo el motor que permitirá llegar a esa meta. Alcanzar lo que se quiere demanda tiempo y dedicación. A nadie le toca puntualmente lo mismo que al de al lado, por eso la pelea es individual y más reconfortante. Al comienzo, cuando se decide dar la pelea, la realidad es dura, pero los resultados son evidentes, se pueden palpar, dan satisfacción y llenan el espíritu de esperanza y alegría.
En el libro Papillon, un francés (al que metieron preso a comienzos del siglo pasado por robar una bicicleta), es el mejor ejemplo de quien nunca claudico. El pasó por los momentos más difíciles, tuvo hambre, vio de cerca la injusticia, pero siempre pensaba en una cosa: ser libre. Lo logró después de mucho tiempo y de muchas fugas frustradas. Nunca se rindió, siempre pensó que la fuga era algo posible y la buscó siempre. En su mente siempre soñó con la venganza pero cuando logró la libertad ya tenia otras cosas más importantes en que pensar, por eso la idea de venganza la dejó a un lado. Se enfocó en la meta y salió adelante. Nunca se venció, ni se dejó vencer.
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