El triunfo de Mohamed Mursi, el ingeniero y profesor universitario educado en los Estados Unidos al mando de los Hermanos Musulmanes, en una elección abierta que saca a su partido del ostracismo para montarlo en el poder, significa un giro notable en el curso histórico de su país, del mundo árabe y del Medio Oriente.
Las tareas que le esperan al nuevo gobernante son enormes, porque no solo tiene por delante definiciones complejas en el orden interno, sino obligaciones que exceden con creces el ámbito nacional. Mursi no solo tendrá que buscar un acomodamiento con las fuerzas armadas, que cumplen un rol significativo en la vida del país, y atender clamores sociales a los que hay que responder sin demora, sino que ha de ejercer una función de liderazgo en la comunidad de los árabes, acostumbrada a tener en Egipto uno de sus motores principales, hasta ahora con el enfoque propio de Sadat y Mubarak, muy diferente del de un militante musulmán.
Está por verse, entonces, cómo el nuevo presidente asume la diferencia entre estar afuera, en ejercicio de la oposición, suelto, sin las cargas propias del gobierno, y estar ahora ocupando el puesto del poder, con obligaciones y responsabilidades que implican a la vez posibilidades de acción y también limitaciones de orden político e institucional a las que se tiene que acostumbrar.
Las claves del éxito del nuevo gobierno posiblemente radiquen, dentro del país, en el trato respetuoso y democrático que sea capaz de dar a sectores de la población como los cristianos coptos, los miembros del partido perdedor en las elecciones, o los validos de rango medio del régimen anterior, que han recibido el resultado electoral como un golpe duro a su tradición y a expectativas que vinieron a quedar en suspenso con el inicio de la revolución de la primavera de 2011, que hasta hace apenas unas horas tenían todavía la esperanza de conservar.
En el orden internacional, sin la menor duda, y si quiere ser bien recibido por los poderes más significativos del momento y evitarse molestias innecesarias, Mohamed Mursi debe mantener abierta la puerta a la amistad con Israel. En ese orden de ideas no solamente tiene que respetar los acuerdos suscritos por Anwar Sadat, sino continuar con prácticas de buen vecino y con una comunicación fluida con el gobierno israelí, porque en el éxito de ese ejercicio radica en gran medida el tono de la vida del Medio Oriente y, mucho más aún, el acierto en ese ejercicio es una de las claves de la paz mundial.
El nuevo presidente debe entender todo esto. Y debe aprovechar la opción de comenzar con una visión de conjunto que le permita orientarse en el escenario de su nuevo oficio. Para ello tiene todas las avenidas abiertas. Seguramente tendrá que pasar pruebas duras de flexibilidad, particularmente ante los sectores más radicales de su propio partido, que estarán ansiosos de conseguir metas anheladas por mucho tiempo. Pero está en sus manos moderar esos brotes y crear un ambiente que demuestre que es mucho mejor vivir en armonía al interior y en paz con Israel que retroceder varias décadas el reloj de la historia para ir de nuevo a momentos peligrosos para la región y para la paz mundial. Para quienes lo han felicitado desde el exterior, se abre también una oportunidad de ensayar un trato más amigable, en lo posible sin prejuicios, hacia los gobernantes que actúan en nombre del Islam. Como para los musulmanes es también ocasión de ensayar nuevas opciones de trato y entendimiento con el mundo occidental.