Opinión |27 Jun 2012 - 11:00 pm
Instinto moral
Por: Klaus Ziegler
Un desamparado roba una caja de cubos de caldo para mitigar el hambre. Se lo acusa de hurto agravado y enfrenta una posible condena de varios años de prisión.
Días después, el Congreso de Colombia reforma a su antojo la justicia de tal suerte que decenas de individuos procesados, no precisamente por robar caldo de gallina, podrían quedar libres de la noche a la mañana.
¿Por qué nos indignamos ante estos sucesos? Obviamente por la injusticia cometida. Pero, ¿en qué radica la injusticia? Pues en el hecho de que delitos mayores pueden quedar impunes, mientras que un delincuente menor afronta una sanción severa. ¿Y qué hay de reprochable en ello?... Cada pregunta nos acerca un poco más a una de las cuestiones más espinosas de la filosofía: la razón del sentimiento moral y el problema de su universalidad. ¿Existe un instinto moral innato, una brújula interior que rige nuestra ética, o es la moral la expresión de normas culturales interiorizadas a través de la educación?
Para un buen número de académicos, el término “moral” solo hace referencia a conjuntos específicos de códigos éticos propios de cada grupo social. La idea de una moral universal se descartaría al observar las diferencias abismales que existen en las distintas sociedades a la hora de juzgar aquello que se considera “bueno” o “malo”, “justo” o “injusto”, “lícito” o “punible”. En Irán, para mencionar un ejemplo, al ladrón de caldos no solo lo pondrían en prisión, sino que también le cortarían la mano. No obstante, no son pocos los pensadores contemporáneos que se han atrevido a revisar el viejo problema de la filosofía moral, por el cual transitaron desde Tomás de Aquino hasta Hume y Kant, ahora desde una perspectiva científica y bajo la luz de las nuevas ciencias cognitivas.
Uno de los primeros en abordar la cuestión fue Philippa Foot. En un célebre experimento mental, hoy conocido como “dilema del tranvía”, la filósofa británica imaginó la siguiente situación: un vagón del metro se suelta del resto del tren al inicio de una pendiente, y comienza a ganar velocidad. Fuera de control, el vehículo se dirige hacia una cuadrilla de trabajadores. Un controlador de flujo se encuentra en un puente sobre la vía férrea cuando se percata de lo sucedido.
El hombre puede dejar que el vagón siga su curso y atropelle a los trabajadores, o puede oprimir un botón que lo desviaría por una vía alterna que conduce a un taller de reparaciones donde un hombre duerme la siesta. ¿Qué debe hacer el operario?, ¿hundir el botón para salvar a los trabajadores a expensas de la vida de un inocente? La respuesta parece obvia: si es inevitable la pérdida de vidas, mejor que sea solo una. Ergo lo correcto es oprimir el botón. Pero supongamos ahora que la única forma de frenar el vagón es arrojando sobre los rieles algún objeto grande y macizo. De espaldas, justo delante del operario, un hombre obeso se encuentra sentado sobre el puente. Con la misma lógica, ¿se justificaría empujar al gordo?
El experimento parece demostrar una diferencia fundamental entre la manera como juzgamos nuestras acciones, dependiendo si son directas o indirectas. Matar a alguien es mucho peor que negarse a salvarlo aunque las consecuencias sean las mismas. No juzgamos de acuerdo con el principio de lograr "el máximo bienestar para la mayoría", un hecho que ya había señalado Tomás de Aquino hace siete siglos. La universalidad de este juicio, en el ejemplo particular de Foot, fue puesta a prueba por los sicólogos Fiery Cushman y Liane Young quienes entrevistaron por internet a cientos de miles de individuos entre jóvenes, viejos, católicos, budistas, americanos, chinos, africanos, europeos…, con resultados similares.
Lejos de ser una ficción, el dilema del tranvía se presenta en la vida real en un escenario diferente: alguien descubre una billetera tirada en la calle. La abre y encuentra en su interior una buena suma de dinero. También están allí los documentos del dueño, así como su teléfono. Sin duda, lo correcto sería devolverla intacta a su propietario. Sin embargo, pocos no sucumbirían a la tentación de quedarse con algunos pesos. Igual que en el ejemplo de Foot, juzgamos la acción pasiva (quedarnos con el dinero) menos grave que el acto directo de robar la billetera, aunque el daño infligido en ambos casos sea equivalente.
El sicólogo Jonathan Haidt ha mostrado otras instancias en las que nuestros juicios morales parecen dictados por las emociones más que por la razón, en apoyo a Hume y en contradicción con Kant. Nuestro “instinto moral” nos dice que un determinado acto es reprochable, aunque la razón no pueda explicarlo. Un buen ejemplo es el siguiente: un camión atropella la mascota de un vecino, y esta muere a consecuencia del accidente. Sabemos que el amo es oriundo de un país donde se valora la carne de perro, así que decide comérselo para ahorrar dinero. ¿Por qué censuramos el acto a pesar de que no le hace daño a nadie? Y si el muerto es el hijo, en vez del perro, que alguien se coma el cadáver ya no es censurable sino monstruoso.
No obstante la variabilidad observada en las distintas culturas, hoy se reconoce la existencia de cientos de universales humanos: la empatía, la disposición a la equidad, la condena del parricidio, el celo en el cuidado de los hijos, la rectificación de las injusticias, las sanciones por faltas contra la comunidad, la vergüenza y el pudor, los tabúes… Y a esta lista, dos sicólogos de Harvard, Steven Pinker y Marc Hauser, han sugerido incluir el “instinto moral”, un módulo mental responsable de generar en cada contexto cultural las diferentes normas éticas, una idea que hace salir humo por las orejas a más de un antropólogo culturalista.
Según los autores, lo innato sería la existencia de principios abstractos que permitirían distinguir las acciones prohibidas de las permisibles. Este instinto consistiría en una especie de “gramática moral”, un mecanismo genérico del cual emanaría el abanico de normas observables, en analogía con aquellas estructuras comunes, subyacentes a todos los lenguajes humanos, no obstante su enorme diversidad. Aunque la existencia de un instinto moral parece bastante razonable, otro asunto muy diferente sería explicar cómo esta gramática moral daría cuenta de la variedad de normas éticas, incluyendo principios antagónicos que se observan en distintas sociedades humanas.
Pero existe un sesgo universal indiscutible: la doble moral. De ahí que un grupo de honorables congresistas ansíe que la ley se aplique con vigor al ciudadano corriente, mientras que confabulan a puerta cerrada para pervertir la Constitución, y así legitimar sus propios blindajes contra la justicia.
Y si de doble moral se trata, pocos superan a quienes se arrogan el derecho de imponerles a otros una supuesta moral de origen divino: los que durante siglos persiguieron, torturaron y quemaron, y que hoy no les tiembla la mano para lesionar los derechos de los homosexuales o la libertad de la mujer, cuando se oponen al control de la natalidad o cuando llaman a desobedecer las órdenes constitucionales sobre educación sexual. “Infligir crueldad con buenas intenciones siempre ha sido una delicia para los moralistas; por eso inventaron el infierno”.
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