Por: Humberto de la Calle

Agenda para la leche derramada

Después de aniquilado el cáncer de la reforma judicial, ahora trabajemos en sus secuelas. Miremos al futuro. El daño institucional ha sido enorme. ¿Qué hacer?

Primero, un acuerdo profundo para mantener altos estándares éticos en el ejercicio político. La opinión pública fue el pivote central de la reacción. La Constitución es de los ciudadanos, no de los políticos.

Derogar la norma del año pasado que escondió los conflictos de interés bajo el ropaje de las reformas constitucionales. Ese es el primer eslabón de esta escandalosa cadena. O que la Corte Constitucional la tumbe.

Aceptar que hay problemas de representación. Apuesto 10 a 1 a que los famosos conciliadores serán reelegidos. Es un caso de esquizofrenia, los circuitos están rotos. La indignación de la opinión no se traduce luego en la derrota de los cuestionados. Pararle bolas a John Sudarsky.

Una fórmula que combine círculos uninominales con representación proporcional contribuye a evitar que, como ahora, la rendición de cuentas se haga de manera un poco histérica y episódica. Que el elector controle a los elegidos en círculos electorales pequeños.

He sido enemigo del parlamentarismo. Pero el sistema presidencial hizo crisis. Es necesario flexibilizar los mecanismos para terminar los mandatos. Los rígidos períodos y el mandato independiente del presidente, en medio de la proliferación de crisis en América Latina, conducen al abismo. Debe ser posible revocar el Gobierno mediante voto de censura. Y debe ser posible también disolver el parlamento. Que la gente decida.

Es necesario vigorizar la presencia racional de movimientos ciudadanos. No oleadas populistas. Pero sí acreditar formas fluidas de expresión de la gente. La democracia del futuro debe incluir el uso de redes sociales y otros modos de manifestarse.

Mirar de nuevo los círculos cerrados de la política. En la financiación de los partidos nos hemos concentrado en el dinero negro, pero ahora hay que prestar atención a la financiación que, aunque legal, es realmente ilegítima porque se basa en el “te doy para que me des”. Esto debe incluir transparentar el lobby. Y hacer más eficiente la detección de circuitos de tráfico de influencias. Visibilizar la gestión del Congreso. Eliminar la penumbra en la conciliación.

Reemprender la tarea de reformar la justicia. Primero el ciudadano. Sólo al final la cuestión de la torta punitiva donde se originó la debacle. Este Congreso se ha inhabilitado. Pero comencemos a preparar las claves de una reforma futura.

Coda: Apoyamos a Santos. Adoptó medidas de sanidad pública. Pero ahora toca suturar la herida. Me da pena decir que jugamos por fuera de la institucionalidad. No me cabe en la cabeza que el presidente (poder constituido) pueda objetar una reforma constitucional (poder constituyente). Sobre todo por razones de inconveniencia.

Ejemplo hipotético pero no descabellado: una reforma constitucional prohibiendo la reelección presidencial. Qué tal un presidente diciendo: la objeto por inconveniencia. Peor aún: suspendo la publicación. La Constitución en manos de la imprenta oficial. ¿Y si la reforma proviene de una constituyente? ¿O del referendo? ¿Quién decide la objeción? ¿Alguien puede imaginar a Gaviria devolviendo la Constitución de 1991? ¡Horror! Comprometámonos a que no se repita. 

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