Opinión |5 Jul 2012 - 11:03 pm

Juan Gabriel Vásquez

Faulkner, medio siglo después

Por: Juan Gabriel Vásquez

Me consta que algunos lectores no leen las columnas en la mañana o durante el día, sino en las primeras horas de la madrugada anterior, antes de irse a dormir.

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Si usted es uno de ellos, si usted lee esta columna en Colombia entre la 1:30 y las 2 de la madrugada del viernes, sepa que lo hace a la hora en que se detuvo, hace exactamente medio siglo, el corazón de William Faulkner. Yo, por mi parte, escribo el 4 de julio. Hace exactamente medio siglo, Faulkner estaba pasando la fiesta nacional de su país metido en la cama y atiborrándose de alcohol y calmantes: se había caído de un caballo nuevo pocos días atrás, y el dolor en la espalda había comenzado a volverse insoportable. El coctel de whisky y calmantes no hizo más que empeorar en las horas que siguieron. El 5 de julio, su mujer Estelle y su sobrino Jimmy decidieron llevarlo al sanatorio Wright, en Byhalia, Mississippi, donde fue admitido a las 6 de la tarde. Le hicieron exámenes y lo llevaron a dormir. Pasada la 1:30 de la madrugada del 6 de julio, se despertó sobresaltado, se sentó al borde de la cama y, antes de que la enfermera pudiera hacer algo, cayó al suelo. El diagnóstico, para efectos del certificado de defunción, fue obstrucción coronaria.

Así murió —según lo cuenta Joseph Blotner, su mejor biógrafo— el que sigue siendo el gran novelista del siglo XX en Estados Unidos, país que ha dado legiones de grandes novelistas y muchos de ellos durante el siglo XX. Faulkner, además, tuvo la curiosa distinción de ser más influyente fuera que dentro de Estados Unidos: no sólo es imposible pensar en el boom latinoamericano sin sus novelas, sino que en su caso, como en el de tantos otros escritores de tantas otras partes del mundo, fue preciso esperar a que lo reconocieran en Europa para que hicieran lo mismo sus coterráneos: fue sólo cuando Malraux y Sartre comenzaron a elogiar su obra que sus vecinos se percataron de su importancia. El fenómeno es tristemente común.

En estos días El País de Madrid me pidió resaltar un aspecto de la obra de Faulkner. Pido perdón por citarme a mí mismo, pero esta indecencia es sin duda menos grave que fingir con otras palabras lo que ya había pensado con unas. Comencé con una de mis citas predilectas (sacada, para los curiosos, de Intruso en el polvo): “Ayer no terminará sino mañana, y mañana comenzó hace diez mil años”. Y luego escribí: “Esa peligrosa obsesión (la idea de que somos el producto indirecto de varias generaciones, de que nuestras tristezas y nuestra bienaventuranza son el resultado de una conspiración antigua) ha moldeado mi ficción y es, creo, la manera más rica en que puedo leer a Faulkner. Será por eso que ¡Absalón, Absalón! me sigue sorprendiendo: pocas novelas han explorado de manera tan provechosa el carácter inasible de la historia, su terrible ambigüedad y nuestra incapacidad para dar una versión única y confiable de ella. Contar nuestro pasado, nos dice esa novela, es modificarlo: no hay relato puro. ‘Tal vez no hay nada que suceda una vez y se termine’, dice o intuye Quentin. Lo que hay es hechos con consecuencias interminables y que, para rizar el rizo, son distintos según quien los cuente. No tengo, nunca he tenido, otra manera de entender eso que llamamos historia”.

Aunque haya mil otras maneras de entender a Faulkner.

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Opiniones

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Isidoro Bacharach

Vie, 07/06/2012 - 20:32
El lugar común sería el laberitno de Creta, esa suerte de universo sin centro, sin salidas. Los hilos de la pilosa Ariadna si que se nos puso cuellón con el rollo del desarrrollo de la hermenéutica. Comprendernos a nosotros -nuestras circunsatnacias históricas- para sospechar, luego, las intenciones veladas detras de toda ideología, detrás de toda axiología oficial. No obstante el hermoso texto recordado por anaviky nos recuerda que el no-sense del universo y su historia tiene mojones en los que podemos, de alguna manera y en medio de la desconfianza/prudencia hermenéutica, en medio del silicio de la eterna sospecha. A pesar de todo, la Colombia sufrida, que tanto hoy nos duele, ofrece en los actuales momentos una particualr historia que debemos continuar narrando faulknerianamente.
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Ocossa

Vie, 07/06/2012 - 17:26
Ningún escritor se parece a Faulkner aunque muchos lo imiten, es único. Franzen es un pobre remedo, no de Faulkner sino de Capote, al que no le llega a los tobillos. Sólo Henry Miller se eleva solitario, en otra galaxia. También es único.
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anaviky

Vie, 07/06/2012 - 12:07
…“Nuestra tragedia actual es un temor general en todo el mundo, sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo. Ya no existen problemas del espíritu; sólo queda esta interrogante: ¿Cuándo estallaré? A causa de ella, el escritor o escritora joven de hoy ha olvidado los problemas de los sentimientos contradictorios del corazón humano, que por sí solos pueden ser tema de buena literatura, ya que únicamente sobre ellos vale la pena de escribir y justifican la agonía y los afanes. Ese escritor joven debe compenetrarse nuevamente de ellos. Aprender que la máxima debilidad es sentirse temeroso; y después de aprenderlo olvidar ese temor para siempre, no dejar lugar en su arsenal de escritor sino para las antiguas verdades y realidades del corazón, las eternas verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y predestinada al fracaso: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio. Mientras no lo haga así continuará trabajando bajo una maldición. No escribirá de amor sino de sensualidad, de derrotas en que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanzas y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus penas no serán penas universales y no dejarán huella. No escribirá acerca del corazón sino de las glándulas.”… (Del discurso de W.Faulkner en la entrega del Nobel)
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anaviky

Vie, 07/06/2012 - 14:26
No veo que haya lugas a la lectura roussoniana que le haces al texto de Faulkner, apreciado forista. Entre otras porque el amor contiene al odio, y la compasión contiene a la iniferencia. Creo que, por pillarse lo incierto de las dualidades y la enorme frivolidad en que se nutría el mundo "artístico" del siglo XX a expensas de un maniqueísmo infantilisado, es que la narrativa de Faulkner revienta con todos los formalismos de fondo y de forma y logra fugarse de la realidad como si fuera la primera vez.
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sganarelle

Vie, 07/06/2012 - 13:32
El efecto Rousseau: que toda la literatura sea con, para y sobre el amor... ¡Que Aquiles se guarde su cólera! No la necesitamos. Que el ingenioso Odiseo se guarde sus ardides, porque en ellos no hay amor. Que nadie admire a Mefistófeles como un grandioso personaje literario, porque en él no hay amor. Nuestro limitado ideal de belleza no nos permite ver algo artístico sin amor. Y después se pregunta por qué nuestra literatura es hoy tan simple.
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swhelpley

Vie, 07/06/2012 - 12:00
Faulkner es un escritor de mil lecturas: Farragoso e ilegible: En Requiem por una monja, por ejemplo. Pero hay que ver como el Sonido y la furia, o Desciende Moises son obras maestras. Tiene mil lecturas
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Ramiro Madrid Benítez

Vie, 07/06/2012 - 09:06
Ayer Faulkner hoy Jonathan Franzen, como referentes de la literatura norteamericana, este último con Libertad, bello libro.
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unomas_conelminimo

Vie, 07/06/2012 - 08:39
Señor Juan Gabriel Vás quez, que influencia tiene Garcia Márquez del señor Faulner?
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Marmota Perezosa

Vie, 07/06/2012 - 18:03
Claro que fue influyente.....Y García M para taparle la boca a quienes lo acusaban de plagio , lo mencionó en el discurso de Estocolmo diciendo : Faulkner , mi maestro
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unomas_conelminimo

Vie, 07/06/2012 - 08:39
Faulkner!
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jose chamiza

Vie, 07/06/2012 - 07:56
Para alguien como yo, que gusto de la literatura por el solo placer de leer ( sin ponerme a hacer analisis profundos del por que y para que), Faulkner es un autor a veces farragoso e indigesto. "Luz de Agosto", y "El sonido y la furia", fueron especialmente dificiles . En cambio "Santuario" y "Los Invictos" me parecieron obras deliciosas; leyendolas se da uno cuenta que es evidente su influencia en Garcia Marquez.
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ovejanegra

Vie, 07/06/2012 - 01:11
Por fortuna hay mil y una maneras de leer a Faulkner, de sentir a Faulkner, de tratar de comprender a Faulkner!

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