Por: Julio César Londoño

El suceso Higgs (y otros hits)

Todavía es muy pronto para evaluar la importancia del descubrimiento del bosón de Higgs. Aún no sabemos si estamos ante el gran suceso de la astrofísica o si tiene razón Osuna, cuyo Dios pregunta: “¿Es verdad que ya descubrieron cómo les hice el universo?” y San Pedro le responde: “¡Nooo, tranquilo, apenas van por una partícula!”.

Lo que sí sabemos ahora es que el bosón cuyas trazas encontraron los hombres del CERN es tan pesado y de una vida media tan corta como la partícula postulada por Higgs, y que Higgs fue sólo uno de los varios científicos que entrevieron hacia 1964, a través de las brumas de 13.700 millones años de distancia, la sombra numérica de la partícula que vibró un instante en la primera milbillonésima de segundo del Big Bang, inventó la materia, es decir, les confirió masa y sustancia a los fermiones, trazó las leyes del cosmos y desapareció para siempre.

Pero no es aventurado afirmar que la partícula marcará un hito en la historia de la astrofísica. Que las generaciones la pondrán junto al eclipse de sol que Tales de Mileto pronosticó en el 585 a.C., predicción que Aristóteles consideró tan extraordinaria como para fechar allí el nacimiento de la ciencia. Y junto al muchacho que le dio por arrojar un día libros, piedras, ranas, plumas y escupa desde la Torre de Pisa, medir el tiempo de caída con los latidos de su corazón y poner los resultados en límpidas ecuaciones, una audacia suficiente para que consideremos a Galileo el padre de la ciencia moderna. Y junto a Newton, el brujo y usurero inglés que descubrió que la recta y el círculo, la manzana que cae, y la luna, que no cae, obedecían la misma ley. Y junto a Maxwell, el provinciano fotógrafo escocés que nos enseñó que los imanes, la electricidad y el arco iris eran una sola y la misma cosa. Y junto a Einstein, el despistado violinista de Ulm que descubrió a punta de tiza y tablero que el orbe era curvo y finito, y que el tiempo no era un reloj duro, como el de Newton, sino plegable, como los relojes de Dalí. Y junto a Planck, el filólogo y pianista que descubrió que la energía era discontinua y que la naturaleza no era tan lógica como pensábamos sino que daba saltos como cualquier muchacha descocada. Y junto al indio Salam y el gringo Weinberg, que explicaron la luz, los imanes, la electricidad y los núcleos atómicos con dos ecuaciones terminantes (o teoría electrodébil, como nadie ignora).

Es muy probable que Higgs quede codo a codo con estos minotauros, que la historia lo recuerde como “el padre de la materia”, el que libró a los hombres de ciencia de la sonrisita de los teólogos, el agudo detective de partículas de altas energías que ajustó el modelo estándar de la física.

Pero la mayor virtud de “la partícula divina” es que ha puesto a soñar de nuevo a los físicos. Han vuelto a acechar al gravitón, un bosón más esquivo que el de Higgs, y a soñar con la gran unificación, un cuerpo teórico de pocas ecuaciones que dé cuenta del pasado y haga transparente el futuro.

También hay repercusiones económicas, claro. Las partidas de las naciones para las investigaciones en física teórica volverán a ser generosas (en los últimos años el grueso de los presupuestos ha estado dirigido a la industria militar, la tecnología de las comunicaciones y la biología molecular, en este orden).

Para el CERN (cuna de la web y la teoría electrodébil, entre otras cosillas), el descubrimiento de la partícula es providencial porque los reivindica del oso que hicieron a finales del año pasado, cuando anunciaron que habían descubierto unos neutrinos más rápidos que la luz. ¡Nada, ni un banquero ni un congresista, puede ser más rápido que la luz!

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Julio César Londoño