Opinión |24 Jul 2012 - 11:00 pm
Historia de dos hombres
Por: Oscar Guardiola-Rivera
Asia celebrará a Lee Kwan Yew. En los años 60, Lee luchó contra el colonialismo británico en el Pacífico. Durante los 70 y 80 impulsó la conversión económica de su país.
En 1965, Singapur se encontraba en el mismo nivel económico que Chile o México. En 1994, su PNB superaba cuatro veces al de los suramericanos, y era mayor que el de su antiguo colonizador.
Gobernó Singapur desde 1959 hasta 1990, y se desempeñó como “ministro sénior” y “mentor” hasta 2011. Pensaba que la democracia y los derechos humanos no funcionarían en el Asia, lo que muchos han interpretado como un pretexto eficaz a la hora de hacer a un lado el disenso y la protesta con el fin de alcanzar objetivos económicos. Su idea encontraría seguidores. Tras la visita de Deng Xiaoping a Singapur, en 1978, Lee se había convertido en aliado e inspirador del reformador chino. No era el único; Henry Kissinger y Richard Nixon también lo admiraban.
Estos últimos, en cambio, sentían la más profunda animadversión por el hombre cuyas estatuas decorarán en el futuro las plazas de Latinoamérica, Salvador Allende. Como Lee y Deng, Allende alcanzó la madurez política en la lucha contra el neocolonialismo; como ellos, era un realista dedicado a la construcción de una nación económicamente independiente. Pero su realismo se sustentaba en el reconocimiento de un hecho hoy ignorado y que en su momento despertó la animosidad de Nixon y Kissinger, casi tanto como la hostilidad de la clase rentista chilena: para 1970, la democracia electoral significaba socialismo.
De allí su compromiso radical con ella y los derechos, en contraste con Lee y Deng, y Castro. Cuando Allende ganó las elecciones en 1970, el 62% del electorado votó para incrementar el gasto en educación y salud, profundizar la reforma agraria y nacionalizar el cobre, agenda que compartía sin mayores distinciones con su opositor en la Democracia Cristiana, Rodomiro Tomic. Los distinguía la política exterior. El acercamiento de Allende a Cuba, que entendió posible dado el de Nixon a la China comunista, así como su liderazgo del grupo de naciones en desarrollo para reformar el sistema económico y financiero global, lo pusieron en la mira de los estadounidenses y de una élite nacional proclive a la violencia.
Conocemos el resto de la historia. Menos sabido es que su influencia es hoy decisiva en Latinoamérica. Lula en Brasil y Chávez en Venezuela han obtenido lecciones distintas pero no menos significativas del ejemplo de Allende. Y tras el anuncio la semana pasada de que los estudiantes chilenos se aprestan a revivir su propuesta de nacionalizar el cobre, el espíritu de Allende finalmente regresa a casa.
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Óscar Guardiola Rivera | Elespectador.com
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