Opinión |2 Ago 2012 - 12:23 am
El fin del mundo
Por: José Fernando Isaza
Cada día se desvanece el cumplimiento de las profecías mayas del fin de los tiempos el 22 de diciembre de 2012. No hay que perder la esperanza, en particular para quienes están siguiendo un consejo de ventas a crédito; compre hoy y empiece a pagar en 2013, o tal vez nunca.
Otra profecía fallida fue el final del segundo milenio. Esta vez el temor fue utilizado por los vendedores de software; los anuncios catastróficos de aviones que estando en vuelo la noche del 31 de diciembre se precipitarían al suelo; las centrales nucleares y de combustibles tradicionales dejarían de operar o explotarían; el sistema bancario colapsaría, se borrarían todas las bases de datos de deudas y acreedores; como los títulos valores y las acciones son desmaterializados, es decir, no hay constancia física sino sitios en memoria de supercomputadores, éstos, de no ajustar el calendario, entrarían en caos causando una crisis tal, que la actual europea sería un juego de niños. Era casi risible ver a los altos ejecutivos haciendo vigilias en los bancos y en grandes empresas esperando la llegada del milenio, en lugar de divertirse como los seres normales. Corregir los sistemas no era tan difícil, se podía entrar en los sistemas de programación y ajustar el dígito; sin necesidad de costosos software y tediosos entrenamientos. Fue el éxito del mercadeo.
Para el 13 de mayo de 1960 se anunció otro fin del mundo, se revelaría el tercer secreto que la virgen de Fátima había transmitido a los pastorcitos. Esta virgen fue muy famosa durante la época denominada la Violencia, su estatua viajaba en avión y en campero con el objetivo de implorar por la paz; sin embargo, era utilizada por grupos sectarios, que hoy se denominarían del puro centro, para instigar la persecución contra los liberales y los librepensadores.
Hacia los años 1956 empezaron los mensajes de terror en Manizales, para la fecha aciaga había tres días de oscuridad, lo cual no era muy grave, pues el servicio eléctrico era fatal, pero en este caso no servirían las velas, éstas no prenderían a menos que fueran bendecidas en la iglesia de los agustinos. Durante esos tres días morirían todos los que estuvieran en pecado mortal. Se intensificaron las confesiones. Algunos pensaban que era ineficiente confesarse con tanta anticipación, puesto que la probabilidad de incurrir nuevamente en pecado era altísima. Era mejor dejar este sacramento para los días previos al 13 de mayo, pero se corría el riesgo de que se congestionaran en tal forma los confesionarios que impidieran recibir la necesaria absolución. Como no se disponía de modelos markovianos que analizan la forma más eficiente de atender las colas de usuarios, se recurrió a la intuición, una fecha entre marzo y abril podía ser adecuada, además permitía cumplir la obligación de la confesión anual por la época de Cuaresma y Semana Santa. Este mandamiento, por no estar codificado en la tabla de la ley, es uno de los cinco de la iglesia, su ejecución estaba vigilada por las madres y los profesores.
Meses antes del inexorable 13 de mayo se fue atenuando la ola de terror, que algunos sacerdotes contribuyeron desde el púlpito a desactivar. Llegó el día y, sobra decir, no se cumplió el escenario apocalíptico, tampoco se reveló el secreto y el mito de que el papa Pío XII se había desmayado cuando la sobreviviente de los pastores le dijo cuál era, poco a poco se olvidó.
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José Fernando Isaza | Elespectador.com
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