Opinión |2 Ago 2012 - 10:35 pm
La pinta es lo de menos
Por: María Teresa Ronderos
Conversando con un diplomático en estos días, éste se preguntaba si el reciente bajón en la popularidad del presidente Juan Manuel Santos debería ser, en realidad, motivo de alegría, pues reflejaba un país más democrático.
Resulta raro verla como una buena noticia, pues la caída fue considerable: de un 16 por ciento desde abril, dijo Invamer-Gallup y de un 24 por ciento en un año, dijo Colombia Opina. Pero tiene razón. Eran más inquietantes para la salud democrática aquellos índices de favorabilidad de 70 y 80 por ciento que tenía nuestro anterior gobernante, porque éstos reflejaban un país bajo el hechizo de un líder carismático, y no una sociedad sincerada consigo misma, que sabe que tiene muchos problemas aún por resolver.
Para ponerlo en términos exagerados, los índices de popularidad de los gobiernos de Hitler o de Mao debieron ser altísimos, y en cambio, Bill Clinton, entre los presidentes más exitosos de Estados Unidos, apenas consiguió que, en promedio, el 50 por ciento de los ciudadanos aprobaran su primer mandato. Es más sano para Colombia que haya más oposición, que la gente le exija a su mandatario mayor eficacia. Las mayorías, agradecidas con Uribe porque su gobierno alivió el agobio de violencia, lo premiaron consistentemente en las encuestas, haciéndole creer que toda su gestión era positiva, y con ello le hicieron un mal al país, porque en materia de carreteras, equidad y transparencia estuvo llena de falencias.
Por eso, más que el revés que tuvo ante la opinión, perturba de Santos su reacción. Cree que la falla estuvo en no comunicar al público sus logros, y por eso concluye que sólo debe corregir cómo se proyecta su mandato. Y fue corriendo a donde sus relacionistas públicos para que le fabricaran una imagen nueva: un tipo en camisa, haciéndose el que se unta de pueblo (pero visiblemente incómodo en el intento). Asimismo, para dar una sensación de que está siendo tan exigente como su predecesor, salió a darle un ultimátum al director del Inpec para que bloqueara los celulares en las cárceles, como si se pudiera arreglar con una pataleta el desastre de los centros de reclusión, que siguen estando en “estado de cosas inconstitucional”, como sentenció la Corte Constitucional desde 1998.
Le convendría más al país que Santos escuchara con atención qué es lo que le está diciendo la gente que anda mal y reformara la gestión y no sólo la pinta. Que vea, por ejemplo, cómo su gran Departamento de Prosperidad Social está teniendo graves dificultades para atender el Pacífico. Allí están sufriendo personas emprendedoras y valientes, como las que conocí hace poco en el barrio Familias en Acción en Tumaco, sin servicios, sin vías, sin empleo, con hambre, intentando empujar sus modestos proyectos, ante la total indiferencia de las millonarias entidades nacionales que allí operan.
El presidente, en lugar de pretender ser el Uribe que no es, debería confiar en sí mismo y reafirmar lo que nos dijo en la campaña que creía: que es más trabajoso armar una buena gestión institucional, pero que eso augura una democracia más real y duradera que tener a Supermán de presidente. Entonces interpretaría su caída en las encuestas con humildad, como una bienvenida alarma de que tiene que mejorar, pero también como una señal de que hemos ganado en libertad y en conciencia de nuestros derechos. Y eso es para celebrar. Los buenos estadistas demócratas quieren una ciudadanía crítica y exigente y no unos siervos agradecidos con su “padrecito” por los favores recibidos, pero tampoco, presidente Santos, una masa de consumidores fácilmente manipulables con una eficaz estrategia publicitaria.
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María Teresa Ronderos | Elespectador.com
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