Opinión |2 Ago 2012 - 10:19 pm
El peligro de nuestro tiempo
Por: Juan Carlos Botero
Nuestras grandes tragedias, hoy en día, no suelen suceder por culpa de una persona que, por acción u omisión, estupidez o crueldad, ocasiona la catástrofe de efectos colosales. Antes era así.
El general que se equivocaba en el campo de batalla, el emperador que invadía un territorio vecino, o el rey que iniciaba una campaña de conquista para defender su religión, aumentar su riqueza o ensanchar las fronteras de su reino, eran responsables de ocasionar miles de muertos. Todo por la decisión de una sola persona.
En nuestro tiempo, desde luego, eso sigue sucediendo en gran medida. El acto de un dictador, un terrorista, un presidente o un empresario puede dejar un saldo de sangre. El capitán del Costa Concordia se equivoca al mando de su nave, y su buque encalla en la costa italiana con más de 30 turistas muertos. Sin embargo, lo más alarmante de la modernidad no es el accidente generado por una sola persona, sino el desenlace fatal derivado de un sinnúmero de decisiones en apariencia insignificantes, y que forman parte de complejos sistemas de tecnología avanzada. Contra un loco o un tirano nos podemos defender algo más. Contra lo otro mucho menos.
Preferimos creer que no es así, por supuesto. Mejor que una persona, en últimas, sea la causante de la tragedia. Porque pensamos que entonces basta hallarla y sacarla del gobierno, del ejército o de la empresa para que el desastre no se repita y así recuperar la seguridad. Por desgracia, hoy las cosas no son así.
Varios autores, entre ellos Diane Vaughan y Malcolm Gladwell, han seguido el rastro de tragedias claves, empezando con la explosión del Challenger, y su conclusión es inquietante: en ese caso, sin duda, un defectuoso anillo sellante en uno de los cohetes permitió el escape de un chorro de fuego que alcanzó los tanques de combustible, y ante la mirada de millones de personas, en la hermosa mañana del 28 de enero de 1986, la aeronave explotó en pedazos; pero la verdadera causa de la tragedia fue otra. Mejor dicho: otras. Una suma de errores pequeños, cada uno tan trivial que por sí solos parecían intrascendentes pero que, al unirse en una secuencia específica, condujeron a la explosión. ¿Eran evitables esos errores? Debido a la complejidad de las misiones espaciales, quizá no. ¿Era alguien en particular culpable de los mismos? Tampoco. Cada error formaba parte de una gigantesca cadena de decisiones, grandes y pequeñas, que a lo largo de los años se fueron dando hasta llegar a la combinación funesta que destruyó el Challenger. Igual sucedió en la planta nuclear de Three Mile Island y otros casos similares. En sistemas de alta complejidad tecnológica, este tipo de errores, en apariencia menores, son casi imperceptibles, y por eso mismo inevitables.
¿Hay una persona responsable del accidente nuclear en Japón, de la zozobra del euro o de la crisis económica mundial? No exactamente. Un rasgo propio de nuestro tiempo, parece ser, es la tragedia ocasional que sucede no por un acto singular, deliberado o irresponsable, sino por mil decisiones que se toman en complejos sistemas de producción, algunas de las cuales (hasta bien intencionadas) se traducen en errores pequeños y casi invisibles, y que además tardan años en formarse. Ante eso, por desgracia, no hay protección que valga.
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Juan Carlos Botero | Elespectador.com
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