Con el correr del tiempo, se estableció que dicho juramento, de carácter ético y humanitario, debían pronunciarlo quienes se graduaban de médicos, ante sus compañeros de profesión y ante la comunidad.
Hoy el juramento tiene un sentido histórico, y dejó de ser real. El médico actual no es el mismo médico de la antigüedad. La medicina se deshumanizó. El espíritu samaritano que practicaban los discípulos de Hipócrates, y que se extendió miles de años después, se fue apagando, por lo menos en la cultura nuestra, durante la segunda mitad del siglo XX, hasta llegar a su desaparición en el mundo moderno.
A esa conclusión llega el reconocido médico Fernando Sánchez Torres en reciente artículo publicado en El Tiempo. El galeno de hoy, que se mueve en un mundo tecnológico, acelerado y mercantilista, y que carece de tiempo y de sensibilidad para dedicarle demasiada atención al paciente, ya no es, no puede ser, aquel profesional humano de la época de Hipócrates.
“La deshumanización ha sido la mayor desgracia que ha podido ocurrirles a los pacientes y a la medicina misma”, comenta Sánchez Torres. Y advierte que “el médico sin humanitarismo, carente de compasión frente a las desgracias ajenas, jamás podrá ser médico de verdad”. Tremendo juicio expresado por una autoridad médica del ayer no tan lejano, en quien prevalece, sin duda, el modelo hipocrático, por más desalojado que este se encuentre en la era moderna, la de las máquinas portentosas que no tienen necesidad de consentir al enfermo. Los resultados los da hoy la ciencia computarizada con precisión desconcertante.
Los aparatos desplazaron al médico, el cual se volvió un esclavo de ellos. De ahí su distancia física y espiritual del paciente. Solo falta que los aparatos del mañana, que ya se ven llegar, formulen los medicamentos. Cuando esto ocurra, el médico quedará relegado a una figura histórica, a una leyenda, como el propio juramento de antaño que terminó extinguiéndose en el mundo globalizado y vertiginoso de la época presente. Época que con todo y sus prodigios cibernéticos, y el descubrimiento de enfermedades y los avances científicos, no puede ignorar la naturaleza humana. Pero la ignora, y ahí está lo más delicado del problema.
Lo grave es que la máquina no puede llegar al alma de las personas: a los temores y angustias, a las ansiedades, a la sensibilidad, a la autoestima. De la misma manera, el paciente no puede ser un simple mapa de enfermedades que se miran por el “ojo mágico” de los aparatos, sino que necesita comprensión y calor humano. El “ojo clínico” de la medicina antigua duerme hoy en el baúl de los recuerdos.
Veamos el caso de las gemelas que nacieron en Bogotá con parálisis cerebral, hijas de Benjamín Romero y Paola Gómez, y que llevan tres años sometidas a pésima atención de los servicios médicos que debe prestarles la IPS de Saludcoop. Para obtenerlos, sus padres han tenido necesidad de entablar continuas tutelas y someterse a tratos denigrantes y al tortuoso camino de la tramitomanía. Cuenta Paola, la madre, que un día en que le manifestó a una médica que los medicamentos formulados no producían efectos en sus hijas, la médica le gritó que las niñas nunca se iban a mejorar… Caso patético que refleja la deshumanización de la medicina.
En otro sentido, el médico de hoy no recibe la necesaria retribución económica por sus servicios, lo cual, por supuesto, es injusto y contraproducente. Desde la ley 100, el Estado es culpable de esta falla protuberante que no ha logrado corregir ningún gobierno. Esto facilita los sistemas de atracción que ejercen algunos laboratorios mediante halagos económicos (viajes, regalos y otras prebendas), a cambio de que formulen determinadas drogas, de alto costo, que favorecen las finanzas de los laboratorios y lastiman el bolsillo de los pacientes. Esta falta de ética vulnera, de modo bochornoso, la moral médica.
Descanse en paz, Hipócrates, y no se le ocurra abrir los ojos a este mundo médico del siglo XXI que olvidó los principios y que por lógica se desentendió del paciente.
escritor@gustavopaezescobar.com
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