Opinión |5 Ago 2012 - 11:00 pm
El encuentro de Medellín
Por: María Elvira Bonilla
NO ES FÁCIL IMAGINARSE UN ENcuentro cuyo único propósito sea reunirse para conversar entre muchos, y muy distintos.
NO ES FÁCIL IMAGINARSE UN ENcuentro cuyo único propósito sea reunirse para conversar entre muchos, y muy distintos. Reunirse para compartir ideas, inquietudes y tal vez sueños de futuro. Sin agenda oculta ni propósitos conspirativos, ni intención de arreglar enredos ni peleas ajenas, ni ensalzar protagonismos, ni megapretensiones. Donde además cada quien se paga sus gastos, asiste a título personal, como simples ciudadanos, ausentes de patrocinadores. Simplemente porque se les da la gana. Llegarán desde distintos ciudades e incluso desde el exterior con el único interés de pensar el país.
Pues bien, aunque suene increíble, no son otras las características del encuentro del próximo miércoles en Medellín donde se reunirán 50 personas, entre políticos, académicos e intelectuales, cuyo común denominador es que todas peinan canas y cargan un importante acumulado de experiencia y sabiduría construida a lo largo de sus vidas. Se reunirán porque han decidido “Pedir la palabra”, como es el nombre del encuentro.
Pedir la palabra, un ejercicio que debía generalizarse porque si algo se ha empobrecido en Colombia es el debate público. Precisamente para romper con falsas creencias, como la de creer que el país se mueve exclusivamente por el meridiano Uribe-Santos y que su rifirrafe estéril marca el rumbo del país. Una falsa disyuntiva que intenta tomar la forma de una polarización falaz que enturbia las aguas pero no construye ni permite avanzar.
La característica común de los gobernantes es cercarse en su círculo de amigos para protegerse con la sociedad de elogios mutuos. Santos no ha sido la excepción. Y sus desdibujados ministros ni hablar. Quienes pasan por la Casa de Nariño terminan encerrados en sí mismos, atemorizados a exponerse a ideas distintas, al diálogo entre contrarios, a la diferencia, incapaces de convocar mentes lúcidas y de aprovechar el acumulado de cientos de ciudadanos que podrían ayudar a resolver obstáculos y dilucidar soluciones.
Las especulaciones que se han tejido en torno al encuentro de Medellín expresan lo que le falta al país: “Saber conversar sin polarizaciones, pensar los problemas y buscar caminos sin personalismos ni ataduras a nombres propios. Pensar con libertad y debatir sin grosería ni violencia”. Otro prejuicio que este encuentro puede ayudar a romper. Les contaré.
Adendum. El segundo tiempo de Santos, que empieza mañana 7 de agosto, lo coge mal parado. Corto de titulares, ¡que le fascinan!, con unas promesas gastadas y sin aire. El remate de la cacareada “Vuelta a Colombia” —diseñada por el recién llegado asesor de comunicaciones y que se redujo a una rendición de cuentas ministerial al aire libre y con barras—, no pudo ser más simbólicamente lamentable: un Santos fungiendo de jinete con sombrero vueltiao buscando asimilarse al Uribe chalán que permanece en el imaginario colectivo. Una imagen que muestra a un Santos acobardado, sin el vigor y la fuerza para soltarse de su invasiva presencia virtual que se ve que lo acogota.
Santos tiene que decidir si profundiza las diferencias o si prefiere el camino de las genuflexiones al uribismo como las que hizo en Betulia, en la reunión de cafeteros en el suroeste de Antioquia la semana anterior. Si su faro son las encuestas y no las convicciones —que parece no tenerlas muy afincadas— está perdido.
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María elvira bonilla | Elespectador.com
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