Opinión |7 Ago 2012 - 10:36 pm
El gobierno Santos y las encuestas
Por: Rodrigo Lara
Un gobernante no ha de imponerse el patente deber de maravillar o de impresionar a la gente para brillar en las encuestas. Tampoco debe perder los estribos con una columna o un editorial (que fenecen a las 24 horas), porque se desvía del rumbo y se aleja de las políticas fecundas.
¿Qué persona sensata, que viva en un país del mundo estable y que cuente con gobernantes serios, puede pretender que sus jefes de gobierno se mantengan con un setenta o un ochenta de favorabilidad en las encuestas?
Esto sólo ocurre en situaciones precisas. Los demagogos, cuya comunicación pública es zalamería patriótica y abuso de las brumas de la ignorancia, por lo general se proyectan en las cumbres de manipulables encuestas. ¿Acaso Hugo Chávez, un pésimo gobernante, no mantiene encuestas de favorabilidad altísimas? ¿No ocurre lo mismo en la Argentina de Cristina Fernández o en el Ecuador de Correa?
Pretender que Santos mantenga los mismos índices de favorabilidad de Uribe es una necedad. Es comparar lo que no es comparable. El éxito constante de Uribe en las encuestas se explica en que llegó a presidir a un país en guerra en todo su territorio y al borde del abismo.
En guerra, las Naciones se aferran como un náufrago a la tabla de salvación que ofrece un líder de guerra carismático; se olvidan los matices políticos, se posponen los debates, se exalta patrióticamente cualquier triunfo militar sobre el enemigo, y el discurso de gobierno es una permanente propaganda política. Naturalmente, los índices de popularidad del líder, mientras dura la guerra, son siempre muy altos. Basta con recordar la popularidad de George W. Bush en los tiempos del 11 de septiembre, y su posterior desplome cuando los norteamericanos sintieron que la amenaza terrorista en su territorio amainó.
Cuando una nación se baja del patíbulo, cuando le vuelve la esperanza de salvarse y de retomar un rumbo de normalidad, la situación política regresa a sus cauces, los actores políticos acuden al debate de ideas y la sociedad toma partido desvaneciéndose así la temporal unidad forjada por el enemigo común.
Colombia ya no vive un conflicto en todo su territorio; sin querer desconocer los peligros latentes, la guerra contra las Farc está sectorizada a unas regiones puntuales, que son sus últimas y más duras trincheras de resistencia y de donde Uribe no pudo extirparlas. Los colombianos ya no vivimos en el desespero ni en el fatalismo de unos años atrás y por consiguiente la hipocondriaca mentalidad de guerra cesó.
El debate democrático retornó a su realidad de siempre. La izquierda se debate en sus ismos, la extrema derecha reacciona a la política de tierras y manipula los miedos exagerando todo hasta el paroxismo. El centro al que debe ser fiel Santos no puede abarcar todo el espectro político y por consiguiente no se le puede pedir que gobierne con encuestas que sólo logran populistas o líderes de países en guerra. Sin embargo, el gobierno debe entender también que los males que se cortan —como el casi colapso de la nación— ponen al descubierto los que subsisten, como la delincuencia común: el mal es ciertamente menor, pero la sensibilidad de los colombianos es más viva. Nuevas realidades que invitan al presidente Santos a seguir gobernando con sus ideas pero sin desconocer la necesidad de ciertos cambios.
@rodrigo_lara_
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Rodrigo Lara | Elespectador.com
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