Por: Miguel Ángel Bastenier

Las tres caras de Evo

Visto desde el resto del mundo hispánico, con el que Bolivia aún sostiene una comunidad de lengua, el presidente Evo Morales podría entenderse a partir de tres claves, como si fuera una Santísima Trinidad de sí mismo.

Un Evo folclórico, un Evo Morales revolucionario y un Morales que apenas sobrelleva el peso del poder.

El primer Evo, el que salta rápidamente a la vista, es el que sale de su país ataviado con las prendas más genuinas del altiplano indígena. Ha habido folcloristas que han asegurado que muchas de las prendas que hoy se consideran más expresivas de la telúrica personalidad aymara o quechua son elementales refacciones del tipismo español exportado por los conquistadores.

Pero sea como fuere y con el añadido de unos suéteres de precaria materia prima, el presidente boliviano podría pasar en Madrid por uno de los concertistas de caramillo que proliferan en tiempo de crisis por los vagones del metro de la capital. Y a ese apartado han de pertenecer las declaraciones más atrabiliarias del presidente, como cuando dice que comer pollo vuelve a la gente homosexual.

Pero hay un segundo Evo que está grabando su nombre a fuego en la historia de América Latina. Si examinamos las distintas aspiraciones de gobierno hoy en el continente iberoamericano, sólo se hallará un proyecto genuinamente revolucionario. Ni Chávez en Venezuela, que cree que Cuba sí que ha hecho la revolución; ni Correa en Ecuador, que se conformaría con mucho menos, son ejemplos convincentes de ello. La sola y genuina tentativa revolucionaria es la de Evo Morales con su pretensión de deshispanizar su país.

Aunque el presidente boliviano no reconoce públicamente que esa sea su intención, la plurinacionalidad que apellida la Constitución apenas disimula cuáles son las intenciones de fondo: una restauración del pasado, puede que con Pachamama incluida. El expresidente Carlos Mesa asegura, sin embargo, que ese conato de reversión histórica ya ha fracasado, pero no lleguemos a conclusiones que podrían ser precipitadas.

Ese salto atrás tiene, naturalmente, connotaciones tanto o más económicas que culturales. Se quiere recuperar una forma de vida, una mirada distinta a la naturaleza, al tiempo que se devuelven al país con razón impecable sus recursos naturales, gas especialmente, con los que financiar un futuro desarrollo.

Y hay un tercer Evo, el más significativo de todos, que es el que tiene que gobernar en un mundo al que los derechos históricos del pueblo boliviano, y la restauración de un pasado sin duda glorioso pero tecnológicamente asilvestrado, le importan un comino; y que para que ese gobierno sea competitivo en el escenario occidental contemporáneo, ha de saber formar los técnicos que un día puedan gestionar de manera autónoma el desarrollo del país.

Este Morales es el que ha de pactar hoy con la realidad, cuando ya ha tenido que descubrir que no es tan uniformemente indigenista como pudo pensar al inicio, porque indígenas los hay de muy distintas familias, lenguas y lealtades; y los guaraníes de las tierras bajas de Santa Cruz y el este del país poco tienen que ver con aymaras y quechuas del altiplano, aún básicamente fieles al presidente aunque el apoyo ya no es monolítico como en las últimas elecciones de 2009. Hay, en definitiva, más ‘pluri’ en Bolivia de lo que, quizás, al presidente le convenga.

Este Morales es el que debería transar con Santa Cruz y encontrar un equilibrio entre regionalidades y nacionalidad para que La Paz pueda gobernar pensando en una sola Bolivia movida por un propósito común. Y por ello el presidente se ha encontrado con dificultades muy similares a las experimentadas por Chávez y Correa; muy especialmente, con una prensa que no le es en absoluto favorable.

Y aunque Palacio Quemado, en el que se agita ese genio de la revancha que es el criollo avergonzado de serlo, Álvaro García Linera, ha actuado con frecuencia en desmedro de la libertad de expresión, el poder no ha franqueado todavía la postrer línea roja de lo irreparable. Eso es lo que en último término debería importarle al mundo; que la firma española Repsol, recientemente expropiada en Argentina, pueda seguir funcionando, siempre dentro del máximo respeto a las instituciones democráticas del país, pero con la seguridad más absoluta de que a nadie se le puedan negar los derechos individuales por cuestión de cultura, raza o religión: aunque estemos hablando de lengua española, agrupación latina y catolicismo romano occidental.

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