Opinión |13 Ago 2012 - 11:00 pm
Sombrero de mago
¿Nos han dado la tierra?
Por: Reinaldo Spitaletta
En un cuento de Juan Rulfo a unos campesinos les han dado una tierra en la que no se levantan ni zopilotes. Una tierra en la que no nacería ni maíz, ni nada.
En la vida real de Colombia, que a veces supera en fantasía e imaginación a la literatura, algo parecido pasa con el cuento de la restitución de tierras a las víctimas.
Hay que decir, primero, que todos –o casi todos- los conflictos en Colombia se han originado en la posesión de la tierra. En un país en el que las reformas agrarias, o, dicho de un modo más preciso, las contrarreformas agrarias, se han hecho a bala y machete para despojar de terrenos a campesinos y apoyar la gran propiedad terrateniente, no es raro que lo que parece más un chiste de humor negro santista que una restitución, se vuelva parte de la demagogia oficial.
El mismo presidente tuvo que reconocer en un declaración de prensa (El Tiempo, 03-08-2012) que “quien dice que hasta el momento no se ha entregado una hectárea de tierra, dice la verdad”. El gobierno, por lo visto, ha venido manipulando las cifras de la presunta restitución de tierras a las víctimas del desplazamiento y, según el asesor del Ministerio de Agricultura, Alejandro Reyes, en entrevista realizada por la Silla Vacía, lo que quiere Santos es concentrar todavía más la tierra rural (http://bit.ly/PdxLoi).
En la misma entrevista, cuyos contenidos fueron cuestionados desde ópticas distintas por Álvaro Uribe y el senador Jorge Robledo, el autor del libro “Guerreros y campesinos: El despojo de la tierra en Colombia”, dice que el expresidente es un representante de una coalición de élites propietarias de la tierra “que piensa que los campesinos están bien como trabajadores agrícolas pero no como propietarios de su tierra”. Y en ese sentido, habría que agregar que no sólo a Uribe sino a muchos otros terratenientes, les encanta que el campesino, en el mejor de los casos, sea un peón jornalero y un dueño de nada. Asuntos del vasallaje. Y de los rezagos feudales.
Por su parte, el senador Robledo, le da créditos a Reyes, al decir que por fin alguien del gobierno de Santos –“porque el ministro Restrepo no tuvo la gallardía de hacerlo en el debate en el Senado”- ha reconocido que no eran ciertas las cifras de la restitución de tierras. Lo que se presentó como tal –agregó el senador- no era más que una asignación y titulación de baldíos. Robledo dice que Santos ha mentido en diversas ocasiones sobre el asunto de la restitución; como se lo expresó el presidente a El País, de España, en abril pasado, que llevaba ochocientas mil hectáreas restituidas a treinta mil familias, “¡y hoy no va ni una!”, precisa el senador de oposición. Robledo advierte, además, que lo que en rigor pretende Santos, que no es ni mucho menos un favorecedor del campesinado, es dejar servida la tierra a las transnacionales. Según el Banco Mundial, con el TLC –apunta el senador- hay que pasarles la tierra a los usuarios más eficientes.
Y hoy como ayer la tierra sigue siendo motivo de conflicto. El uso de la violencia desde el siglo XIX (para no irnos más atrás) ha estado ligado al despojo de tierras, a la expulsión de campesinos, a la concentración de la propiedad en minorías. Varias de las guerras y guerritas civiles de aquella centuria tuvieron que ver con las disputas por las tierras. Y ni hablar de los conflictos del siglo XX, cuando todas las violencias estuvieron vinculadas al despojo y los desplazamientos forzados.
Desde el tiempo tenebroso de los “pájaros”, pasando por guerrillas, paramilitares, los carteles de la droga y otras bandas armadas, el conflicto de la tierra en Colombia ha estado inundado por la sangre. La más reciente contrarreforma agraria estuvo a manos de los paracos, que se quedaron con las mejores tierras del país y establecieron un régimen de terror en el campo.
Después de todas las manipulaciones con las cifras de devolución de tierras a las víctimas, lo que se aprecia es que tanto Uribe como el presidente Santos prefieren que el campesinado esté bien como trabajador agrícola y no como propietario. Al final de la jornada, en medio de las ambiciones de transnacionales y terratenientes, habría que preguntarse, como en un relato del gran Tolstói, ¿cuánta tierra necesita un hombre?
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