Por: Lisandro Duque Naranjo

Adiós al Polo

Lo divino y lo humano

ME COSTABA CREER LO QUE ESTABA leyendo: la doctora Clara López Obregón y los doctores Carlos Gaviria Díaz y Jorge Enrique Robledo expulsaban del Polo Democrático a los miembros del Partido Comunista, por considerar que los vínculos de éstos con el movimiento Marcha Patriótica podían interpretarse por la opinión como una alianza con las Farc. Y qué peligro. Qué mancha esa para la pureza del Polo. “En política, la percepción es algo muy importante”, dijo Carlos Gaviria, legitimando esos imaginarios prejuiciados que le inducen los medios a la muchedumbre crédula y de los que él siempre fue un transgresor. Qué pasa, Maestro, si usted es un líder, y no un jefe experto en cálculos de votos. Esa corrección no es lo suyo, y menos esa precipitud en el juicio. Si hasta me da pena decírselo.

No sólo comparten estos directivos las mentiras contra la Marcha Patriótica proferidas por el físico-culturista ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, lo que ya es una falta de seriedad, sino que suponen, con un candor inexplicable, que en lo posterior cualquier actitud opositora del Polo, con tal de ser ajena a “ciertos” movimientos sociales, los va a exonerar de parecer “subversivos”. De hecho, es probable que a la importante manifestación de los cafeteros caldenses, el pasado fin de semana en Manizales, se la haya eximido de la sospecha de contar con presencia guerrillera quizás porque quien la convocó fue el senador Robledo, al que el Gobierno le correspondía los buenos oficios de converso. Cuestión de esperar a ver si esa deferencia se mantiene cuando las gentes de esa región se manifiesten con toda, pues los problemas allí trascienden la esfera de los costos del grano, algo extinguido ya. La Zona Cafetera está sedienta y en la física almendra. Los gobiernos ni la miran. La comarca ya dejó de ser esa Arcadia próspera de cuando el café se cotizaba duro en las grecas del mundo, y ahora hasta el tinto que se toman es traído de afuera. Me imagino entonces al senador Robledo pidiendo certificado de buena conducta a los vendedores de rifas, a los quebrados de las heliconias y a los administradores de museos de las despulpadoras y otras reliquias de cuando la plata valía, para que sus manifestantes no ofrezcan una “percepción” equívoca y desgualetada, similar a la que tanto a él como al Ejército les merece la Marcha Patriótica.

Y en todo caso es una carencia de estilo eso de echarles agua sucia a Gloria Inés Ramírez, Jaime Caicedo y Carlos Lozano, dirigentes del PC, con quienes él mismo compartió hace poco el infortunio de ser empapelado como “miembro de las Farc”, señalamiento del que los cuatro terminaron absueltos. Hay cosas que no se hacen, y listo.

En cuanto a Clara López, la presidenta del Polo, después de 30 años de ser aliada, o como se decía antes, “compañera de viaje”, de los comunistas, cayó en cuenta de que lo mejor era retirarles la confianza. Se pregunta uno si la que pierde credibilidad pública no es ella, por su “percepción” tan tardía. Mucho más cuando los camaradas hace tiempos dejaron de serles necesarios a esa organización armada. Al detalle de la doctora Clara lo hizo más patético su coincidencia con el fallo del fiscal Eduardo Montealegre en el que declara inocente a Sigifredo López, el último acusado de farcpolítica hasta cuando al Polo le dio por volverse informante.

¿Qué irá entonces a hacer ese partido ahora? Marcada esa raya de castidad frente a la Marcha Patriótica, no tiene de otra que proceder igual con el movimiento indígena. ¿Y entonces qué le queda, fuera de las de Rudolf Hommes y Plinio Apuleyo, a las que se sumarán otras del club local de “las gentes de bien”?

En esas circunstancias, hasta su papel en una solución negociada del conflicto, si acaso les interesara, le va a quedar grande. Adiós al Polo. Sale por chatarra.

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