Opinión |18 Ago 2012 - 11:00 pm
De “sombrillas” y guetos
Por: Mauricio Botero Caicedo
QUE INTEGRANTES DEL PARTIDO Comunista Colombiano (PCC) califiquen la reciente decisión del Polo (PDA) de retirarlos de sus filas como antidemocrática es tan ilógico como extravagante.
QUE INTEGRANTES DEL PARTIDO Comunista Colombiano (PCC) califiquen la reciente decisión del Polo (PDA) de retirarlos de sus filas como antidemocrática es tan ilógico como extravagante. Si hay dos palabras antagónicas es democracia y comunismo. El pretender que el reintegro del PCC al Polo se adelante por mandato judicial, pone en evidencia la escasa afinidad ideológica de los comunistas con el PDA.
¿Y a qué se debe el afán de los comunistas de no dejarse sacar del Polo? Para la presidenta del Polo, Clara López Obregón, no se puede hacer una lectura superficial de los hechos y “lo que está sucediendo responde a un debate interno en el cual el Comité Ejecutivo del Partido tomó la decisión de no formar parte de la Marcha Patriótica. Por el contrario, el Partido Comunista se dedicó a ayudar a la construcción de ese movimiento desde el interior del Polo, generando una enorme presión”. Es decir, el PCC sigue utilizado la “sombrilla” que le brinda el Polo para instigar y fomentar movimientos y acciones que contradicen los postulados, en esencia democráticos, del PDA.
El enemigo común de los comunistas y demás fanáticos religiosos, como con destreza lo describe Héctor Abad Faciolince (“La conjura antiliberal”, El Espectador, abril 1/12), es “el liberalismo, la idea de que cada persona tiene derechos humanos universales y es capaz de liberarse a sí misma mediante el conocimiento y el ejercicio de la razón, sin guías espirituales o políticos... Defienden el oscurantismo del adoctrinamiento ideológico o religioso, contra la educación laica, científica y universal... Tienen una ideología y un pensamiento intolerante y represivo. Además, detestan el mundo moderno, hijo de la ilustración y del progreso científico. Son antiliberales: por eso se entienden bien”.
Los comunistas no tienen el menor reato en pasar al papayo a todo aquel que pretenda hacer uso de la razón. No es una casualidad, como lo señala la revista Bocas (junio 12/12), que dos de los tres mayores genocidas en la historia (Mao y Stalin) hayan sido comunistas. El PCC, aunque en su mayoría no comulgue con el terrorismo, sí comparte de lleno los objetivos de las Farc. Entonces, que reconocidos líderes comunistas como Cepeda, Lozano, Ramírez y Cuartas se escuden bajo la “sombrilla” del Polo para disfrazar el talante y metas totalitarias, intolerantes y represivas de los comunistas, es inadmisible.
Por otro lado —en un país que requiere con urgencia reducir las desigualdades— cada vez más se demuestra el sinsentido de las leyes discriminatorias que les otorgan a determinados sectores de la sociedad privilegios especiales, como ocurre con los afrodescendientes y los indígenas. En primer lugar, como con razón aclara el alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, todos los humanos somos afrodescendientes. En reciente artículo la revista Nature afirma: “El este de África estuvo habitado por tres especies de homínidos al comienzo de la evolución humana, el Homo erectus, el Homo habilis y una tercera especie recién descubierta, a partir del hallazgo de tres fósiles en un yacimiento de Kenia”. Igualmente son pocos, muy pocos, los colombianos por los cuales no corre sangre indígena.
Los guetos (del italiano ghetto, abreviatura de borghetto) eran los barrios donde vivían o eran obligados a vivir los judíos en algunas ciudades de Italia y de otros países. Arrinconar a unos pocos colombianos en guetos específicamente delimitados (por decenas de miles de hectáreas que sean) y cobijarlos bajo privilegios de toda índole, es perpetuar las desigualdades; condenando a los afrodescendientes y a los indígenas —al negarles su integración en la sociedad moderna— al atraso y a la pobreza. El que el Estado privilegie a una minoría de colombianos, exclusivamente en razón del color de piel o grado de sangre indígena, ha sido, es y seguirá siendo un desacierto.
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Mauricio Botero Caicedo | Elespectador.com
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