Opinión |19 Ago 2012 - 11:00 pm
Gobernabilidad
Por: Álvaro Forero Tascón
La gobernabilidad es indispensable para que una sociedad tramite iniciativas ambiciosas de cambio.
Porque así como sólo la legitimidad permite que un gobierno impulse grandes cambios, sólo la gobernabilidad hace posible que los saque adelante.
Por eso un gobierno sin gobernabilidad es un barco sin timón, o con un ángulo de giro reducido. Pero hay diferentes maneras de obtener la gobernabilidad, y distintos los efectos que produce cada una. Sólo la gobernabilidad fruto del liderazgo es capaz de producir verdaderos resultados, porque no sólo genera consenso entre poderes sino lo más importante: respaldo político de los ciudadanos. La gobernabilidad clientelista produce la ilusión de poder absoluto, pero genera poca capacidad para hacer cambios reales.
El presidente Santos dijo recientemente que la gobernabilidad estaba “vivita y coleando” —“yo la defino como la armonía entre los poderes públicos”—. Pero una definición moderna de gobernabilidad incluye la coordinación, además de los poderes públicos, con los ciudadanos, la capacidad de responder a las demandas sociales. Por eso la palabra gobernabilidad viene siendo reemplazada en la globalización por gobernanza, que se refiere más al relacionamiento del Gobierno con todos los actores de la sociedad, y que se preocupa por la legitimidad del Estado y no sólo por su efectividad.
El caso colombiano actual es revelador de las limitaciones de la gobernabilidad formal. ¿De qué le sirven al gobierno Santos los excedentes de gobernabilidad si no están acompañados de apoyo popular abundante? O más aún, ¿de qué sirve la gobernabilidad, si para conservarla el Gobierno renuncia a adelantar las reformas que los ciudadanos reclaman?
¿La crisis de la reforma a la justicia no fue acaso fruto del rechazo del poder ciudadano a los excesos de cooperación entre los poderes públicos, es decir, de una mal entendida búsqueda de gobernabilidad? Cuando la coordinación efectiva entre los poderes públicos depende en buena parte de transacciones clientelistas, la gobernabilidad deja de ser un instrumento eficiente para el cambio, para convertirse en un obstáculo —como en la reforma a la justicia—.
El Gobierno parece tener claro cómo recuperar la gobernabilidad formal —con el Congreso y las cortes—, pero desorientado sobre cómo recuperar la confianza ciudadana. A los poderes les da ministerios (justicia), según dicen promesas de ternarlos para la reelección, desayunos por partido político, y les evita el desgaste de reformas políticamente costosas. En cambio, a los ciudadanos les dice que están equivocados, que no entienden, y les repite el discurso de los resultados, sin entender que lo que quieren es firmeza, no palabras ni cifras. Firmeza contra los politiqueros y contra los violentos. Firmeza, porque ésa representa la añoranza más profunda de los colombianos, y su idea de cómo se solucionan los problemas.
La búsqueda desesperada por recuperar la gobernabilidad formal puede profundizar aún más el escepticismo ciudadano frente a los poderes públicos y agudizar la crisis de confianza en el presidente. Eso generaría una gobernabilidad placebo, porque entre las limitaciones impuestas por los poderes públicos y la falta de apoyo popular, el Gobierno quedaría con un timón de juguete, que gira pero no conduce.
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Álvaro Forero Tascón | Elespectador.com
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