Opinión |21 Ago 2012 - 11:00 pm
Opinión
Vergüenza ajena
Por: Oscar Guardiola-Rivera
"Ninguno de nosotros pensó que algo así podría pasar de nuevo", me dice, "no en la nueva Sudáfrica. Me siento avergonzado".
Mi contertulio es una de las personas más calificadas para hablar sobre la masacre de 34 trabajadores mineros por la policía sudafricana la semana pasada. Su nombre es Roelof Petrus Meyer, “Roelf” para sus amigos. Pronunciado en correcto Afrikaans, su nombre suena tan fuerte como el de un mastín. Duro. Durante la mayor parte de su carrera política Roelf representó la línea más dura del Partido Nacional, que gobernó a Sudáfrica durante el apartheid. No era moderado, sino un halcón; un godo de raca mandaca como dirían en Colombia.
En la universidad, Roelf fue presidente de la muy conservadora “Afrikaanse Studentebond”. Tras el servicio militar, entró al Partido Nacional y fue elegido al Parlamento. Cuando se declaró el primer estado de sitio en 1986 fue nombrado Vice-ministro de Seguridad y Orden. En 1991, F.W. de Clerk le designó como Ministro de Defensa en reemplazo de Magnus Malan, a quien los generales percibían como “algo liberal”.
Pasó al Ministerio de Asuntos Constitucionales, y como tal lideró las conversaciones de paz en nombre del gobierno nacionalista. El halcón ministro de defensa del gobierno que calificaba al CNA de Mandela como “terrorista”, terminó sentado con el enemigo. Lo hizo para salvar el alma de los soldados que ya habían sacrificado sus cuerpos en defensa de la nación, y el alma de la nación, al reconocer que en el afán por defenderla habían sacrificado principios y vendido el alma al diablo.
La corrupción había penetrado el corazón del generalato, de quienes se beneficiaban del sistema, su propio corazón.
Comprendió que el régimen que defendía era injusto.
Ese fue el comienzo de su viaje: hizo parte del gobierno de reconciliación de Mandela y renunció al Partido Nacional en 1997. En el 2006 anunció su adhesión al CNA. Hoy es un hombre de negocios, y uno de los más reconocidos consultores de paz en el mundo. Su presencia fue decisiva para convencer al IRA y los unionistas que la paz era posible en Irlanda. Estuvo en Colombia y habló con Uribe. “Es línea dura”, me dice.
Estoy con él en Edinburgo. Observa: “Nadine Gordimer está devastada por esta masacre. Ha dicho que en la prisa por deshacernos del apartheid dejamos persistir la desigualdad. Ahí está el problema”.
Tienen razón.
Los mineros están mal pagados, viven en condiciones inaceptables similares a las descritas por la ganadora del Premio Nobel en su libro On the Mines.
“Es una vergüenza”, concluye.
Le hablo del General Santoyo, el antiguo jefe de seguridad de Uribe quien reconoció ante la justicia estadounidense haber vendido su alma al diablo. Su gesto lo dice todo: “Usted también debe sentirse avergonzado”.
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