Opinión |24 Ago 2012 - 10:27 pm
Adoraciones
Por: Diana Castro Benetti
Hay tantos pecados como maneras de expiarlos y tantas adoraciones como almas contiene el mundo. Los milagros de toda fe se defienden con ideas, conquistas o las rodillas según el menú de quien celebra sus visiones o sufre sus culpas. Ni buenos ni malos, cada quien sigue el camino que decide.
Cualquier camino interior se celebra y cualquier petición merece cumplirse. A veces, el fenómeno sucede por obra y gracia de la generosidad de otro; otras, es la fuerza de las casualidades o el silencio de quien anda cerca. Colores y flores, altares y devociones son tan variados como válidos y tan simples como lujosos. La fe no se obliga y no es de un solo camino. Recorre la diversidad y las multitudes congregadas ante un dios que es cualquiera porque, con simpleza y obviedad, lo hacen suyo o lo visten según sus modas. Cada quien adora su más allá, cruza los dedos o hace saludos para espantar su propio dolor y soñar con la ética impuesta por la sobrevivencia. El mundo de la devoción es de vericuetos sin verdades ni sentencias.
Y ante la maravilla de la miscelánea, adoración es la vida misma jactándose hasta los amores, las venganzas y los rencores. Adoración es una comunidad que visita los enfermos o la solidaridad en la miseria. Adoración es la certeza del cercano o la fuerza en la distancia como también es la furia, la indignación o la idiotez de todo mal paso. Adoración es la locura, la muerte, el sexo, la renuncia, la partida, el problema y los pecados. Adoración es lo que fluye y lo que se estanca. Adoración es lo que no tenemos y los anhelos. Adoración es lo que somos y lo que no.
Hoy, como ayer, los milagros no tienen derechos de autor ni la sabiduría su propia religión. En el ámbito de la fe no hay quien obtenga medallas ni muestre la perfecta justicia. Azules pristinos, naranjas de renuncia o negros de austeridad son los senderos que conducen a lo mismo y que mezclados se vuelven uno cuando es hora de pan, hospital o cementerio. Así, en la pequeñez de nuestro mundillo vano y de todos los días, podemos declararnos como magníficos dioses porque la maravillosa adoración es, en realidad, el hecho de que descalzos seremos siempre todos iguales.
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