Opinión |24 Ago 2012 - 10:59 pm

Esteban Carlos Mejía

Rabo de paja

El oro (Salcedo) y la oscuridad (Avski)

Por: Esteban Carlos Mejía

En diciembre de 2005 Mondadori editó El oro y la oscuridad, de Alberto Salcedo Ramos, conmovedora crónica sobre Antonio Cervantes, Kid Pambelé, campeón de campeones. Casi cuatro años después, en agosto de 2009, el autor monteriano Joseph Avski (seudónimo de José Manuel Palacios) ganó el Concurso de la Cámara de Comercio de Medellín con la novela El corazón del escorpión, menos de 100 páginas sobre la vida de Milton Olivella, un boxeador sospechosamente parecido a Kid Pambelé.

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Los jurados fueron Juan Gustavo Cobo Borda, Iván Thaÿs y Marianne Ponsford, directora de Arcadia, separata de la revista Semana. Hace poco Alfaguara iba a lanzar una nueva edición pero se abstuvo a último momento. ¿Por qué?

Al menos 20 páginas de El corazón del escorpión son copiadas, fusiladas o plagiadas de El oro y la oscuridad. Amparado dizque en un “juego intertextual”, Avski involucró a Salcedo como personaje del libro pero sin advertir cuándo lo copia literalmente. Y a la truculencia agregó una chocarrería: en la dedicatoria le dio “gracias a Alberto Salcedo Ramos que sin saber, escribió parte de esta novela”.

Es un asunto reprochable, aunque Marianne no piensa así. Con citas a granel, desde Foucault hasta Barthes, pasando por Borges, justificó el plagio. Sin comparar los dos textos, omitió lo esencial: las comillas. Avski no usa comillas, ni angulares, también llamadas latinas o españolas (« »), ni inglesas (“ ”), ni simples (‘ ’), ni negrillas o cursivas. Ni guiños, ni una señita, nada que dé a entender cuáles partes no son propias sino extraídas de una obra ajena. Ni siquiera una definición de “intertexto”. Apenas una sibilina nota en la que, sin mayor complique, admite su fechoría: “A veces es sólo una oración en medio de un párrafo, en otras ocasiones varios párrafos son un pastiche de la crónica de Salcedo Ramos”, en donde “pastiche”, como enseña el DRAE, es “imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente”.

Marianne tiende a defender lo indefendible. Cierta vez, por ejemplo, entrevistó a Harold Alvarado Tenorio, que se la pasa despotricando contra la gente que odia, teme o envidia. A ella esos insultos le parecieron un “parpadeo de verdad”. Juzguen ustedes: Piedad Bonnett escribe “poemitas güevones”; los escritores del Festival de Poesía de Medellín son “unos negros de mierda”; Juan Manuel Roca y William Ospina son “falsarios del plectro y adictos al vil metal”; Héctor Abad Faciolince “ha ganado millones con el fusilamiento de su padre”. ¿Verdades o infamias?

Volvamos al plagio. Marianne dice que el lío se debe a que “dos generaciones se miran a los ojos y es tan grande la distancia que las cosas acaban mal”. Basura. ¡No es cuestión de edad sino de ideas! Dice, además, que Avski es “culto y serio”. A lo mejor. Le convendría, eso sí, ojear la Ortografía o el Panhispánico de dudas de la RAE, no sea que termine copiando, plagiando o fusilando a su madrina, Marianne Ponsford.

Rabito de paja: hoy se cumplen 25 años del asesinato de Héctor Abad Gómez, liberal tolerante y democrático, buscador de la verdad. ¡Su esperanza sigue viva!

  • Esteban Carlos Mejía | Elespectador.com

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juliosuarezanturi

Mie, 08/29/2012 - 21:38
Difícil asunto , porque no hay distancia entre plagio y copia, o copy paste, como se dice hoy. Lo cierto es que el plagio nos viene desde William Shakespeare, y el más vergonzoso recientemente el de Alfredo Bryce Echenyque. Un defensor enconado del plagio fue Álvaro Cepeda Samudio, pero la línea es tenue con la copia. Si el propio autor José Manuel Palacio lo admite, no hay más que discutir. Lo lamentable son los jurados, Juan Gustavo Cobo Borda, Iván Thays y Marianne Pansford. Ellos, obviamente, no tienen por qué saber toda la literatura del planeta, pero de esto se excusa al peruano Thays, más no a Cobo Borda y Pansford. Y para peor de males, avalaron la copia con un premio, a nombre de una entidad seria, como el concurso de la Cámara de Medellín. Reversar el premio y ofrecer disculpas.
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Alfredo O

Mar, 08/28/2012 - 00:14
El plagio es una conducta recurrente en una sociedad fallida y delictual. Ya por su origen, muchas obras y autores entran en sospecha. Es el caso de publicaciones universitarias, muchas de las cuales no sólo estériles, sino justificada su publicación, por los puntos y saltos de garrocha en el escalafón docente. Intertextualidad que permite al mediocre, al falto de iniciativa y esfuerzo hilvanar con propias palabras pero, no lo hace, precisamente por incapacidad y mediocridad. Pero, eso sí, cuenta con influencias para publicar y ascender en la sociedad permisiva. Invitamos a visitar en el portal www.plagiosos.org la denuncia de poslibles plagios múltiples en "obras" publicadas por la Universidad Nacional de Colombia, Sede Palmira. Posiblemente José Palacios no es el único posible plagiador.
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Pepe Godoy

Sab, 08/25/2012 - 18:22
¿Intertextualidad es coger la cosecha ajena? Gracias por su columna. PeGo
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jose chamiza

Sab, 08/25/2012 - 08:43
No es raro, en en San Jeronimo de Monteria están acostumbrados a eso.
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Ana Restrepo

Sab, 08/25/2012 - 08:00
¿Qué tal que alguien copie veinte páginas de su última novela, Esteban, y la publique con otro nombre? Ahora resulta que dizque eso es un honor. Y con citar a diez autores de una biblioteca se justifica un plagio. Ay, ternurita. Nueva consigna: ¡Mueran las comillas y las notas de pie de página, eso es para cobardes!

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