Opinión |27 Ago 2012 - 12:16 pm
La Licuadora
La Licuadora
Por: Juan Carlos Ortiz
Pertenezco a la generación que jamás había visto a Santafé salir campeón de futbol colombiano.
Pertenezco a la generación que de manera impotente resistió durante 37 años todo tipo de burlas y chistes de mal gusto.
Pertenezco a la generación que soñaba con poder estar en El Campín el día que Santafé quedara campeón.
Y no lo logré.
Lamentablemente y por motivos de trabajo no pude asistir al templo sagrado.
Entre tristeza y emoción busqué un lugar en Nueva York que transmitiera el partido en vivo y en directo y lo encontré en el barrio de Queens. El sitio se llamaba “El Abuelo Sabrosón”, y allá llegué con mi hijo de 9 años quien muy entusiasmado me acompañó. El lugar lo reconocimos fácilmente pues tenía afuera una bandera de Santafé y adentro una gran pantalla, mucha oscuridad y una profunda soledad.
Nos sentamos los dos solos y en medio de una conversación padre e hijo, le expliqué lo que representaba ese juego para mí, a lo cual me contestó de manera cándida que estaba preocupado pues siempre que veía jugar a Santafé perdía. Entendí lo difícil que era la tarea de crear una nueva generación santafereña, sin logros, sin victorias, sin inspiración. Había sido como amor platónico en el medio del desierto.
En el fondo yo estaba también asustado ya que no quería generar una nueva frustración cardenal en el corazón creciente y palpitante de mi hijo. En medio de un ambiente totalmente tenue y silencioso nunca me imaginé que alguien en la Gran Manzana pudiera tener interés en el Santafé.
De repente, una multitud empezó a entrar al establecimiento, personas con la camiseta del Santafé cantando al mejor estilo de la guardia roja.
De la soledad absoluta pasamos a la fiesta, al canto y la vida en un minuto.
En Queens, Nueva York, casi 50 enloquecidos y fieles hinchas cantaban y saltaban, anhelando el final de una maldición histórica.
“Volveremos, volveremos, volveremos otra vez a ser campeones como la primera vez”.
Comenzó el juego, sufrimos largos minutos, gritamos, apoyamos desde la distancia, volvimos a sufrir, hasta que llegó el gol, el esperado gol.
De forma explosiva nos despegamos de las sillas, levanté a mi hijo y nos dimos el más hermoso y profundo abrazo que jamás hubiera podido sentir.
Fue magia pura.
No nos queríamos despegar, los protones y electrones saltaban y se cruzaban entre nosotros. Fuimos rojos.
Ese día entendí que había algo mejor que ver a Santafé salir campeón.
Verlo salir campeón abrazado con mi pequeño hijo. Fue la gloria, logré construir un sentimiento inolvidable, sentí que mi ADN se impregnó en mi hijo para siempre y que él había podido sentir en su infancia, lo que yo no había logrado en todo mi vida.
Le agradezco al destino ese momento, uno de mis mejores momento de la vida.
Se lo dedico a mi hijo.
Se lo dedico a todas las nuevas generaciones cardenales.
Gracias Santafé.
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