Aldo Cívico 28 Ago 2012 - 10:38 pm

Hay que salir de un Estado de emergencia permanente

Aldo Cívico

La confesión del general Santoyo, así como la condena del general Rito Alejo del Río, ambos vértices de instituciones predispuestas a la salvaguardia del orden, imponen preguntas incómodas, no sólo sobre la capacidad del poder mafioso de penetrar al Estado, sino sobre la naturaleza del Estado cuando éste se articula con el poder mafioso.

Por: Aldo Cívico
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Colombia tiene que enfrentar esta pregunta si desea abrir un camino hacia la normalidad y dejar de seguir viviendo en un permanente estado de emergencia. En una atrevida definición del Estado, el sociólogo Philip Abrams escribió que, en cuanto proyecto ideológico en búsqueda permanente de legitimidad, no es la realidad que está detrás de la máscara de la práctica política sino que es la máscara que impide ver la práctica política así como es. La condena de altos mandos del Ejército y de la Policía es como un desgarro en un velo que permite echar un vistazo dentro del lado oscuro del Estado. Es como un lapsus linguae que abre un agujero para comprender el inconsciente del Estado.

Y la realidad que se hace consciente es que Estado y violencia van de la mano. Que la violencia no es una realidad externa a una concepción del orden del cual se desvía, sino que es intrínseca al orden mismo. Ya Goethe en su Fausto nos había iluminado sobre la íntima relación que existe entre modernidad, progreso y violencia. Y hay siempre una razón, la “razón de Estado” (la Guerra Fría, el comunismo, la insurgencia, el terrorismo, etc.), para justificar la paranoica arbitrariedad del poder, la alianza entre razón y violencia, y la invocación de un estado de emergencia que se vuelve permanente.

Pero un país como Colombia, que vive en un estado de emergencia permanente, se vuelve una tierra del eterno presente, sin memoria y sin futuro. Yo viví eso en Sicilia. Cuando un país vive en eterno presente, la violencia se convierte en hegemónica; en el eterno presente, cualquier victoria aparece como el triunfo, cualquier derrota aparece como la muerte. En la condición del eterno presente, no hay identidad y no hay cultura, porque no hay memoria. Y sin memoria, no hay la esperanza del futuro.

“Yo no logro a imaginar mi país sin violencia. Ya no sería Colombia”, me dijo una vez un joven universitario. Es la dimensión del eterno presente. Y lo que mantiene a Colombia atrapada en esta realidad es el hecho de que violencia y corrupción son endémicas. De hecho, es ingenuidad o denegación pensar que el general Santoyo haya actuado sin el guiño cómplice de grupos de interés y de centros de poderes. De ahí sus ganas de hablar y de no ser el chivo expiatorio.

Liberarse del presente para abrirse al futuro, entonces, significa también interrogarse porque amplias partes de la sociedad colombiana hayan tolerado, permitido, respaldado o considerado como un mal necesario al paramilitarismo.

Y la respuesta no puede ser un rechazo absoluto de todas las formas de violencia. Ojalá que la confesión de Santoyo no sólo sea el comienzo de una catarsis individual, sino también para el país.

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