Por: Nicolás Uribe Rueda

Confiar en el gobierno

No hago parte de aquellas personas que creen que las Farc están derrotadas. Tampoco de las que aseguran que resolviendo los problemas económicos y sociales de Colombia será posible alcanzar la paz.

Mucho menos estoy entre los que afirman que la guerrilla tiene ideales y que sus aportes son de tal nivel que, de convertirse en política pública, permitirían un salto cualitativo en la calidad de vida de las personas.

Por más que reflexiono, no encuentro nada que el Estado y la sociedad estén en capacidad de dar, que no se haya ofrecido antes, y que resulte suficiente para complacer la voracidad de las Farc y sus requerimientos para la desmovilización. Dudo que el ofrecimiento de participación política para los bandidos y sus jefes resulte atractivo para motivar una desmovilización masiva, que logre quitarle a la guerra un número importante de combatientes. Es más, cada día que pasa resulta más complejo convertir una negociación con narcoterroristas en un acuerdo político. Y la razón es simple. Colombia avanza a pesar de los bandidos en materia social, en igualdad, en política de tierras y en reparación a las víctimas. Tenemos también un sólido y hasta excesivo marco para la reinserción y ofrecemos alternatividad penal para el que decida aprovecharla. No a pocos exguerrilleros se les protege la vida, tienen sus propios movimientos políticos y gobiernan en Colombia.

Creo, en resumen, que las Farc son una banda de mentirosos y sanguinarios terroristas, cuyos jefes se refugian en el exterior y viven del negocio de la droga, del secuestro y la extorsión. Su “ADN criminal” no es transformable en “ADN político” y si así fuera, estarían hace años participando en elecciones y, quién quita, gobernando algunas de nuestras ciudades. Por todo lo anterior y por tantas cosas más, considero que la única forma de resolver este problema es insistiendo en la presión militar y en la judicialización de los bandidos, sin dejar de hacer todo aquello a lo que el Estado se obliga en materia de política social. Por creer en ello, además, no me siento guerrerista, ni pienso que quienes opinan diferente sean guerrilleros o sus idiotas útiles. Simplemente parto de la premisa de que todos queremos la paz y que tenemos perspectivas diferentes sobre la mejor forma de alcanzarla.

Sin embargo, en el marco de estas negociaciones de paz, tengo que ser franco al decir que confío en el Gobierno y en su capacidad para negociar un mejoramiento de la situación de violencia sin renunciar a su deber de proteger al pueblo colombiano. Santos no dejará de combatir el narcotráfico ni de perseguir a la guerrilla. Tampoco es ingenuo, ni repetirá la historia del Caguán. Impedirá que Chávez, de verdugo del pueblo colombiano, pase a ser el redentor de nuestros males. El presidente conoce la baja tolerancia del pueblo colombiano a este tipo de negociaciones, y por ello confío en que pronto sorprenderá al país con un cese de hostilidades acompañado de verificación internacional imparcial, que permitirá el clima adecuado para discutir, si se quiere eternamente, sobre lo divino y lo humano.

La sola desmovilización de los cabecillas de las Farc y de unos miles de hombres que acojan su llamado es una buena noticia para Colombia. Es a eso a lo que debemos apuntarle.

 

@NicolasUribe

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