Por: Lisandro Duque Naranjo

Quién quita

Lo divino y lo humano

MUY BIEN QUE SE HAYAN PUESTO DE acuerdo el Gobierno, las Farc y el Eln para sentarse a conversar sobre posibilidades de paz con un temario puntual. Y que al proceso que se inicia no sean ajenos la ONU ni los Estados Unidos. Eso por lo menos quiere decir que no se improvisó todo a causa de una encuesta que le fue adversa al presidente. Y que en todo caso éste se arriesga a tocar ese tabú de la paz, asumiendo los riesgos que puede significarle para su reelección en un país que se las da de adicto a la guerra. Ya metido en gastos, pudiera involucrar en la interlocución a la Iglesia, las Fuerzas Armadas, las comunidades indígenas (que se han ganado a pulso ese derecho), las víctimas de todos los estragos, el empresariado, los trabajadores, los estudiantes, la academia, la cultura y claro que la sociedad civil. Ésta última en receso durante los últimos diez años, desde cuando la “representó” un exembajador y exministro que nunca le hizo honor a esa vocería. No estoy diciendo que debe haber sillas para todos, al menos al comienzo. Pero la eventualidad de que, si todo funciona como debiera —cruzo los dedos para que así sea—, se termine convocando a una constituyente, hace recomendable que los núcleos más disímiles —y sobre todo los más vulnerables— de nuestra sociedad acompañen ese proceso y surtan de contenido un temario que se quedaría en la abstracción si no se los consulta. Eso del “cuarto de al lado” que operó cuando lo del TLC, puede ser un modelo.

La noticia, sin embargo, la manejo de momento sin mayor euforia. Simple precaución por si acaso todo se va al traste, como es usual. Es que esas discusiones son como tener en una sala de alto tráfico y de piso frágil un jarrón antiguo cuyos pedazos están recién pegados. Cualquier movimiento que no sea en pantuflas y con mañita lo hace tambalear hasta que lo vuelve añicos. Y aquí hay mucho personal —comenzando por algunas ruedas sueltas cercanas a los propios interlocutores— que pisan muy duro cerca de donde están esas piezas delicadas y se comportan como si estuvieran en una feria, incluso prendiendo voladores y achacándoselos a la contraparte.

No creo ser el único en asumir mi expectativa con mesura, y por supuesto deseando equivocarme y sintiendo envidia de los que están ilusionados ante el hecho. Ese optimismo contenido, que lo comparto con mucha otra gente, contrasta sin embargo con el ánimo ofuscado de quienes consideran indeseable el inicio de esas conversaciones, por parecerles que la paz es una entelequia si no es el producto de una victoria militar. Por ahí les oigo y les leo sus prosas bélicas que empezaron a sonar trasnochadas en menos de una semana, tiempo que le llevó, quién sabe hasta cuándo, ponerse de moda a la palabra paz. De repente los que están contra la guerra, y la ven como algo superable, se atraviesan hasta en la sopa. Y eso que no hace ni siquiera un mes que ocurrió ese ataque colectivo de nervios, y de quisquillosidad de la tal “opinión” respecto a “la legitimidad del Estado”, sólo porque una comunidad indígena sacó de su territorio, a empujones, a 70 soldados de una base militar. Este país es un caso.

Como sea, trataré durante esta coyuntura, y sin falsa prudencia, de no utilizar adjetivos desapacibles contra nadie y de sumarme a la mejor causa. De aceptar que cualquier cambio respecto a lo que hemos tenido, es ganancia. En tal sentido, adhiero a la propuesta inteligente —y parece que viable— que hizo Piedad Córdoba de pedirles a las partes (ya por lo menos se puede decir eso) un alto al fuego mientras conversan entre ellas. Quién quita.

Y ya que hablo de Piedad, me pregunto si, en el caso de que el procurador Ordóñez sea reelegido, inhabilitará de por vida al expresidente César Gaviria por sus “vínculos con la subversión” en Noruega.

 

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