Opinión |1 Sep 2012 - 11:00 pm
Se nos olvidó el Doctor
Por: Fernando Araújo Vélez
Subieron a las trastadas. Cada uno como podía encaramaba una pierna, un brazo, y le daba la mano al que venía detrás. Todos, encapuchados, vestidos de negro, y todos, nerviosos.
La madrugada apremiaba. El camión, encendido a pleno motor desde hacía media hora, devoró algunas calles del Sur y se detuvo cerca de una bomba de gasolina. Entonces bajaron, también a los trompicones, y se metieron en una furgoneta de vender pan. Ya estaban por arrancar de nuevo cuando uno de ellos, uno de los nueve, preguntó si estaban completos, y a los gritos volvió a preguntar, sólo por gritar, porque se acababa de dar cuenta de que se les había quedado el Doctor. Tocó en el vidrio del conductor y pararon.
A toda prisa, dieron la vuelta y volvieron hacia el Sur. Nadie hablaba. Todos eran culpables. La orden desde arriba había sido que con el Doctor debían permanecer nueve escoltas, y que cada vez que cambiaran de sitio de cautiverio tenían que encapucharse. Ninguno podía saber de dónde ni hacia dónde iban. Todos estaban secuestrados. El Doctor y sus nueve guardas. Luego, muy luego, el Doctor contaría que había sostenido diálogos muy profundos e importantes con uno de sus captores, que él creía haberlo convencido de que el secuestro y la lucha armada eran una equivocación, y de que había un camino por las vías democráticas.
Con el amanecer, el grupo de los nueve llegó a la casucha de la que había partido dos horas antes. Dos ingresaron por la puerta principal y otros dos se apostaron en las esquinas. Los demás, el conductor de la furgoneta incluido, aguardaban, dispuestos a prevenir cualquier tipo de sorpresa. Diez minutos más tarde los dos de la casa salieron de nuevo con el Doctor. Los vigilantes corrieron hacia el grupo. Cuando el chofer puso primera, los secuestradores se quitaron sus capuchas y le quitaron al Doctor la suya. Se miraron con miles de interrogantes, pero ninguno dijo nada. El más viejo de todos rompió el silencio con un par de instrucciones para la liberación. El resto de su vida se quedó con algunas palabras más atragantadas.
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El caminante | Elespectador.com
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Lun, 09/03/2012 - 00:11