Opinión |5 Sep 2012 - 10:12 pm

Juan Carlos Piedrahita

La temporalidad del agua

Por: Juan Carlos Piedrahita

Con la puesta en escena de Aguas de la inmortalidad, Maureen Fleming, coreógrafa estadounidense nacida en Japón, juega con el tiempo. Fleming se formó en la escuela de la danza butoh y por eso cada movimiento es más marcado que el anterior.

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Sin embargo, también ha construido su propio estilo y en él establece una propuesta especial, en la que incorpora desarrollos multimedia pero también aprovecha los recursos de la música interpretada en vivo. Lo primero que se ve en este montaje es una fotografía suya en blanco y negro, de grandes dimensiones. La imagen, debido al trabajo cinematográfico de Christopher Odo y Jeff Bush, tiene cambios casi imperceptibles marcados por el acompañamiento al piano de Bruce Brubaker.

Para movimientos tan detallados como los de Fleming, sólo podía haber un compositor capaz de registrarlos. El estadounidense Philip Glass, maestro en los sonidos del minimalismo, maneja como nadie esta espiral artística en la que el espectador piensa que está escuchando las mismas tonalidades para percatarse después de unos minutos de que la base melódica es totalmente diferente, tanto en estilo como en intención. Philip Glass y Maureen Fleming se complementan a la perfección. Él invade el sentido del oído y ella se encarga de retar la visión con colores, fotografías, velos y con un elemento contundente: su propia piel.

Su montaje está inmerso en la categoría de la danza contemporánea. En algunas oportunidades explora los aires sosteniéndose discretamente de una tela roja o realizando movimientos ondulares con un velo blanco, mientras que en otros momentos el piso es su cómplice y el mejor aliado para la gesticulación. La iluminación, a cargo también de Christopher Odo, es protagonista en Aguas de la inmortalidad, una pieza inspirada en el simbolismo de la obra del poeta irlandés William Butler Yeats. Sin ella, los espacios se verían vacíos y el arte silencioso de Maureen Fleming no tendría el impacto que ha logrado en esta 34ª edición del Festival Internacional de Teatro de Manizales.

Además de Philip Glass, quien tiene el peso en los instantes de mayor drama, también aparecen fragmentos de creaciones musicales de Somei Satoh y Henrik Gorecki, que se complementan con efectos sonoros, todos ellos a cargo de Brett R. Jarvis y relacionados con el medio acuático. Al final, un performance poco apto para impacientes y muy oportuno para quienes disfrutan de la fotografía, que con Maureen Fleming tiene mucho qué decir.

  • Juan Carlos Piedrahíta B. | Elespectador.com

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