Las propuestas de fondo, que deben corresponder al credo de los candidatos a gobernar, y a lo que de verdad piensen que pueden hacer, deben ser revestidas cuidadosamente de un mensaje publicitario que haga aparecer las cosas como factibles, mediante el uso de frases o imágenes capaces de despertar el fervor popular. El peligro que se corre es el de conceder más importancia a la forma que al fondo. El ejercicio de la ciudadanía está llamado a exigir un equilibrio que ponga las cosas en su justo medio.
La forma estadounidense de hacer política le concede tanta importancia a la forma que cada presentación de los candidatos en las convenciones de los partidos parece más un espectáculo de Hollywood que un evento de discusión sobre el futuro de la nación. Todo vale. Todo ha sido cuidadosamente estudiado, desde el atuendo de cada quién hasta cada una de las palabras que pronuncie, que son calculadas conforme a análisis estadísticos de opinión y de la ciencia de la predicción electoral.
La esposa de Obama, por ejemplo, apareció en la convención del Partido Demócrata y recitó las bondades de su marido como hombre de familia, mientras los medios lo mostraban a él con sus hijas, en la Casa Blanca, viviendo cuidadosamente el regocijo de ver a la madre en el escenario colaborando al propósito de la reelección. Además de lo que el Presidente pueda pensar, el mensaje de su condición de esposo confiable y padre de familia dedicado, puede influir en sectores del electorado más susceptibles a esas condiciones que a lo que pueda pensar el líder de la nación.
El fondo por supuesto importa, pero de su lectura se ocupan solo unos pocos, dedicados a leer entre líneas el sentido profundo de los mensajes que cada candidato transmita bajo el manto de una publicidad destinada a despertar la simpatía de los votantes, que se guían en la mayoría de los casos más por por los mecanismos de persuasión publicitarios que por lo que en medio de la sofisticación del sistema puedan ser los factores diferenciales entre un candidato demócrata y uno republicano.
En este terreno no cabe duda del compromiso valiente de Obama en favor de la gran clase media, con exigencias grandes hacia los poderosos, a quienes pide un esfuerzo patriótico para retornar a los ideales fundacionales de la nación estadounidense, que propone otra vez como ejemplo de la solidaridad democrática y no como símbolo del imperio del enriquecimiento sin consideraciones sociales que lleva a diferencias difíciles de corregir.
El caso del candidato republicano sí que resulta dramático, porque sus mismos aliados naturales le están reclamando mayor claridad en cuanto a lo que piensa, ya que parece atender más a sus asesores de imagen que a los promotores de un discurso que todavía no se ha alcanzado a reponer luego de los años de gobierno de George Bush.
El espectáculo está en todo caso montado, y lo que hay que seguir con mucha atención es la manera en la que el electorado reaccione ante la forma o tenga en cuenta las consideraciones de fondo, por encima del espectáculo de las convenciones, que cada vez son más unos montajes publicitarios dedicados al manejo de símbolos que a la celebración de esos pactos colectivos en los que cada quien sabe exactamente qué es lo que le compromete con una visión del país.
Lo curioso es que el modelo de hacer política en los Estados Unidos tiene una capacidad enorme de penetración en muchos países, donde los gobernantes, tanto presidentes como ministros y figuras públicas, terminan siguiendo más las instrucciones de sus jefes de publicidad que lo que le dicte su propio criterio. Salvo contadas excepciones, claro está, de quienes dicen poner el interés nacional por encima de su propio destino político.
Opinión por:
bufagozo
Mar, 09/11/2012 - 15:29
Opinión por:
Joenace
Mar, 09/11/2012 - 13:51