Opinión |11 Sep 2012 - 10:46 pm
Optimismo y escepticismo de un veterano de los procesos de paz
Por: Aldo Cívico
Álvaro de Soto, el mediador de las Naciones Unidas que logró el acuerdo de paz en El Salvador, ve con favorabilidad el proceso de paz con las Farc.
Hace unos días me reuní con él en un pequeño café de la avenida Madison, en Nueva York. En un día lleno de sol, Álvaro de Soto no se presentó con el traje y la corbata del diplomático, sino con un sombrero panamá y las gafas a lo John Lennon. Mientras bebía un expreso doble, De Soto conversó afablemente alternando memorias de su experiencia en El Salvador con consideraciones acerca del proceso de paz con las Farc.
“Como bien sabes, siempre he sido muy escéptico con respeto a la posibilidad de un proceso de paz serio en Colombia”, dijo, abriendo nuestra conversación. De hecho, cuando en 2008 viajamos juntos a Colombia, invitados por la entonces presidenta del Senado, Nancy Patricia Gutiérrez, que abiertamente respaldaba el diálogo del gobierno de Uribe con el Eln, De Soto al final de cada reunión sacudía su cabeza y exclamaba: “Aquí el conflicto simplemente no está maduro para la negociación”.
Pero hoy piensa de manera distinta. “Mi impresión es que el gobierno del presidente Santos sabe lo que está haciendo”, comentó De Soto, quien, además de en El Salvador, jugó un papel importante como mediador en Medio Oriente, en Chipre y en Myanmar. De Soto admitió que hoy, con respecto a Colombia, se siente moderadamente optimista, porque se admitió por parte del Gobierno la existencia del conflicto armado y porque el proceso se ve bien pensado y diseñado. Entonces, las circunstancias podrían ser finalmente adecuadas para un proceso de paz que ponga fin al conflicto en Colombia. La imposibilidad del Gobierno de una victoria militar, por un lado, y la imposibilidad de las Farc de llegar al poder por vía de las armas, por el otro, crean la percepción de un estancamiento, al mismo tiempo que maduran las condiciones para una negociación, que se convierte en la mejor herramienta para poner fin al conflicto armado.
Sin embargo, el hecho de que se priorice el empleo de las palabras, en lugar de las balas, no significa bajar la guardia. En realidad, hasta que no se llegue a un acuerdo de paz, los diálogos son la continuación de la guerra por otros medios. Aquellos que no entienden eso y están de una manera casi histérica atacando al presidente Santos, tienen un exceso de testosterona política.
Ciertamente, sentarse a la mesa es el primer paso necesario. Pero permanecer sentados y negociar es el verdadero desafío. Y tal vez, con respeto a este desafío, De Soto conserva su escepticismo, dado que ni en Cuba ni en Noruega habrá un mediador con el papel de ir y venir entre las partes y formular propuestas sobre la cuales construir el consenso de éstas para un acuerdo. ¿Será suficiente la mera y liviana facilitación de unos estados extranjeros para guardar a las negociaciones de la desconfianza que marca la relación entre el Gobierno y la insurgencia en Colombia? La ausencia de un mediador parece un error que Santos está dispuesto a repetir. Durante nuestra conversación, y ante esta constatación, una mueca de escepticismo cruza la cara de Álvaro de Soto.
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