Por: Julián López de Mesa Samudio

'Sanankunya' en contra de la corrección política

Tan sólo en 1991 descubrimos que la diversidad cultural era algo positivo para nuestro país. Desde entonces, nuestra construcción de identidad se ha visto atravesada por la idea constitucional acerca de nuestra multiculturalidad. Empero, concretar la idea ha sido muy difícil, cuando no imposible. Hoy por hoy nuestra diversidad cultural se nos ha convertido en un obstáculo y en una fuente de conflictos antes que en una celebración de la diferencia, como debía ser.

Buena parte del problema tiene que ver con la corrección política, con una serie de reglas artificiosas de comportamiento y de uso del lenguaje que pretenden no herir susceptibilidades relacionadas precisamente con la diversidad. Este lenguaje aséptico fue torpemente importado y forzado ferozmente en nuestra sociedad por los funestos tecnócratas que tanto celebramos y que hicieron sus estudios en universidades norteamericanas donde la corrección política se generó en un contexto histórico diferente del nuestro. En nuestro ámbito la corrección política no es otra cosa que restricciones adulteradas del lenguaje que, si bien no logran el respeto por el otro —que es lo deseable en cualquier sociedad que se presente a sí misma como multicultural—, sí dan una apariencia de civismo y tolerancia.

Empero, la corrección política carece de naturalidad, no es espontánea y mucho menos en nuestro país. En Colombia, las más de las veces camufla hipocresía y resentimiento; crea un lenguaje que encubre prácticas discriminatorias y santifica a quien las dice por la mera forma de enunciar.

Sin embargo, si la corrección política no es acertada, ¿cómo lograr que la diversidad sea una realidad y se asuma con naturalidad? La alternativa es la burla.

Desde hace mucho tiempo, y en contextos similares al nuestro, se utiliza este método, más sincero, para limar las asperezas que se pueden producir por las diferencias culturales. Y en ninguna otra región ha sido tan desarrollada y eficiente esta burla intercultural como en Malí.

Sanankunya es la utilización del chascarrillo y la burla para lograr el respeto a través de la espontaneidad; es, además, un principio constitucional consagrado en la Carta Mande del Imperio Malinke, por el cual se acepta y fomenta la burla intercultural como forma para eliminar posibles conflictos entre cosmovisiones, muchas veces opuestas, de una sociedad que se reconoce como pluricultural. Pocos sitios del planeta son más diversos que el imperio que fundó Sundiata Keita en Malí en el siglo XIV. Idiomas diferentes, religiones distintas, comidas diversas... Reconociendo lo anterior, Sundiata Keita dictó una constitución, el Kurukan Fuga, en la cual no sólo se reconoce el carácter multicultural del imperio, sino que además consagra el sanankunya —la burla que no ofende por ser recíproca— como mecanismo social para evitar conflictos y lograr el tan anhelado respeto por el otro.

Las burlas mutuas son espontáneas y generan reconocimiento e igualdad, pues la burla equipara a los que participan de ella. La franqueza es el eje central de las relaciones interpersonales más cercanas y sólidas. Las amistades más consistentes son aquellas en las cuales prima la espontaneidad y por tanto la honestidad. Aquellas en las que no se han de medir las palabras pues se sabe que el interlocutor no es proclive a ofenderse por las mismas; aquellas en las que la burla va de un lado al otro, acortando distancias entre amigos. En otras palabras, los vínculos más serios son aquellos que no implican seriedad en el trato cotidiano. La burla mutua genera una liviandad necesaria en el trato de quienes se reconocen como iguales.

¿Cuántos de nosotros no reaccionamos con desprecio a las imposiciones de la corrección política? ¿No sería mejor no tomarnos tan en serio y aprender más bien a burlarnos de nosotros mismos?

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