Opinión |16 Sep 2012 - 1:00 am
La guerra de los medios
Por: María Elvira Samper
Ahora que la negociación Gobierno-Farc será, como es obvio, tema prioritario de la agenda de los medios de comunicación, es necesario hacer una reflexión profunda y crítica sobre su papel en el proceso que comienza, pues las experiencias del pasado indican que, en general, el periodismo no salió bien librado.
Durante el proceso adelantado en el gobierno Betancur a comienzos de los años 80, en medio de un ambiente de total respeto por la libertad de prensa —muy distinto al que se vivió en el de Turbay Ayala, que controlaba la información sobre el orden público—, los periodistas, libres de rienda, cometimos muchos errores. Por exceso de optimismo, por ingenuidad, por falta de preparación, o por todas las razones anteriores, concedimos un exceso de protagonismo a los jefes guerrilleros, lo cual alteró aun más los ánimos de los enemigos del diálogo y desató una polémica sobre los límites y responsabilidades de los periodistas, y los peligros del llamado síndrome de la chiva.
No pocas veces nos llamaron idiotas útiles, y lo fuimos pero no sólo de la guerrilla, sino también de los militares, enemigos del proceso. Y fuimos también chivos expiatorios, víctimas de la doble posición oficial, pues mientras el Ejecutivo concedía estatus político a la guerrilla, la cúpula militar hablaba de bandoleros. Situación similar se dio en las conversaciones de Caracas y Tlaxcala durante el gobierno Gaviria, y años más tarde en el proceso del Caguán en la administración Pastrana, aunque para entonces la prensa había aprendido algunas lecciones, y algunos diarios y las revistas de opinión Semana y Cambio crearon Unidades de Paz y/o secciones para el análisis de los hechos más allá de la coyuntura. No hicieron lo mismo los noticieros de radio y televisión que, presionados por la dictadura del rating, privilegiaron los hechos violentos, sin duda noticiosos, pero que producían tanto ruido que impedían ver más allá de las situaciones de guerra.
Empieza un nuevo proceso, hay una nueva oportunidad de poner fin al conflicto armado, de negociar el desarme de las Farc. Es un escenario donde los medios librarán su propia guerra, donde la información se transformará en campo de batalla. Hay un reto enorme para los periodistas que van a cubrir las negociaciones in situ, y que no se limitarán a ser convidados de piedra o correas de transmisión de la información oficial que salga de la mesa; que buscarán información propia, que intentarán conocer detalles de las discusiones, que perseguirán la chiva. Y es también un reto para directores y editores, que deberán exigir mayor rigor en la obtención, investigación y contrastación de la información, y abrir espacio a voces múltiples que aporten análisis y perspectivas diferentes.
Si el Gobierno se ha propuesto enmendar errores del pasado, los medios deberían hacer lo mismo, pues en una guerra mediática es muy alto el riesgo de difundir información fuera de contexto o que no se apega a la verdad. La premura por informar primero atenta contra la comprensión de los hechos y la calidad de la información. El desafío es, entonces, renovar y agudizar la mirada para poder percibir los cambios —si los hay y cuando se presenten—, para buscar explicaciones en los detalles, para encontrar claves en lo que a primera vista no pareciera relevante.
La responsabilidad de los medios es doble: en primer lugar, entender su papel y saber que influyen en las percepciones de la opinión, y que incluso pueden alterar el desarrollo del proceso; y en segundo lugar, asignar para el cubrimiento de las negociaciones a los periodistas más preparados, a los veteranos, capaces de identificar las trampas y los intereses detrás de las fuentes. La apuesta debe ser por la información de calidad, no por las chivas.
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