Opinión |16 Sep 2012 - 1:00 am
Los parafiscales, la alcabala y la sisa
Por: Armando Montenegro
Al leer los escritos de José Ignacio de Pombo de finales del siglo XVIII (en buena hora reimpresos por el Banco la República en la Colección Bicentenario) sobre los obstáculos al desarrollo económico de la Nueva Granada creados por los absurdos impuestos coloniales, es imposible no pensar en las altísimas cargas parafiscales de hoy que gravan el trabajo, incentivan el desempleo y alientan la informalidad.
De Pombo señalaba: “las trabas puestas a la compraventa, en la navegación y hasta en el cultivo de ciertos frutos” por parte de “esas leyes fiscales, tan tiranas como injustas”. Se refería a la multitud de impuestos que golpeaban la producción, los negocios y el trabajo de los granadinos: el diezmo, la sisa (que gravaba las cabezas de ganado), la alcabala (que se imponía a las transacciones comerciales), los derechos de exportación, entre otros. Decía, con razón, que aquel era un “sistema destructor, bárbaro e impolítico”. Y comparaba la oscura realidad de su país con la de Estados Unidos, una economía floreciente y dinámica, libre de las cargas que abrumaban la de la Nueva Granada.
Cualquier analista del mercado laboral colombiano sabe que el anacrónico régimen de contribuciones parafiscales, un vestigio corporatista de mediados del siglo XX, atenta contra la creación de empleo y la formalización del trabajo. Que el Estado obligue a los empresarios, sobre todo a los pequeños, a pagar $60 por cada $100 de salarios es un mandato “destructor, bárbaro e impolítico”. Y sus efectos son conocidos: de los 20 millones de personas que trabajan en Colombia, 12 millones son informales. Y aun con la gran expansión reciente de la economía, se celebra que la tasa de desempleo apenas roce el 10%, una de las más altas de América Latina.
Es un hecho repetido y predecible que los mismos economistas que en su vida académica o de consultoría recomiendan la abolición de los parafiscales, cuando pasan al Gobierno, al enfrentar las realidades del poder, se callan y terminan ignorando el asunto. Algo parecido sucedió con motivo de la abolición de los impuestos coloniales. Muchos de esos tributos duraron varias décadas después de la Independencia a pesar de los escritos previos y las convicciones liberales de algunos de nuestros primeros gobernantes.
Lo peor es que sí existen buenas alternativas. Con algunos ajustes compensatorios, los recursos del Presupuesto Nacional bien podrían financiar los organismos que hoy se nutren de los parafiscales. Pero no se hace nada. Son más efectivos los lobbies de los pequeños grupos favorecidos que las grandes mayorías afectadas, dispersas y sin ninguna organización que defienda sus intereses (¿quién representa a los informales o desempleados?).
Dicho lo anterior, hay que registrar con algún optimismo que la prensa de la semana pasada informó que en el Gobierno se discuten iniciativas sobre el desmonte de los parafiscales, impulsadas por economistas que también en el pasado propusieron este tipo de medidas. Ojalá que esta vez sí encuentren eco en la Casa de Nariño y puedan impulsar, por fin, una reforma indispensable para la modernización del país. Si no lo consiguen, se habrá escrito un capítulo más sobre el rudo proceso de “educación” de las nuevas cohortes de altos funcionarios que se estrellan de frente contra las realidades y limitaciones del poder.
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