Opinión |16 Sep 2012 - 1:00 am
Usain Bolt es un tullido
Por: Mauricio Botero Caicedo
El jamaiquino Usain Bolt, con tres nuevos récords olímpicos, ha demostrado nuevamente que es el hombre más veloz del mundo. Pero hay algo que es todavía más veloz que Usain Bolt: el capital.
Cuando los inversionistas temen que sus capitales pueden estar en riesgo, mueven sus recursos a una velocidad que haría aparecer a Usain Bolt como un tullido. Y no sólo es el capital financiero el que desaparece a la velocidad del rayo al menor susto. El capital humano (concretamente aquel que tiene alternativas de movilidad) y el capital físico (como es el caso del software) se van a esfumar con alarmante rapidez.
Es casi un lugar común afirmar que es imposible lograr crecimiento económico sin que medien el ahorro y la inversión. Y la realidad es que Colombia ha logrado tener en los últimos seis años un alto nivel de inversión (tanto nacional como extranjera) debido a un fenómeno que buena parte de la población le reconoce al expresidente Uribe: la recuperación de la confianza. Para María Moliner, posiblemente la lexicógrafa más importante de nuestra época, confianza es el “ánimo para obrar, fundado en la confianza, en el éxito”.
¿Y cómo logró Uribe recuperar esa confianza que los colombianos habíamos perdido desde finales del gobierno de Gaviria? Uribe, por el camino de la seguridad democrática, rescató para el Estado las instituciones democráticas, simultáneamente restableciendo en todos los municipios del país el Estado de derecho. Anclado en una férrea voluntad política, y sin desfallecer un solo minuto durante sus ocho años de gobierno, Álvaro Uribe consiguió devolverles a los colombianos esa confianza que muchos habían dado por perdida. Pero los logros de Uribe en busca de recuperar la confianza no se limitaron estrictamente al campo militar: se buscaba igualmente cimentar las bases de la estabilidad macroeconómica construyendo de manera paralela el capital social. Estas tres políticas lograron reconquistar la confianza de los inversionistas tanto en Colombia como en el extranjero. Nunca en nuestra historia un mayor número de colombianos había podido acceder y disfrutar de los beneficios y del bienestar asociados a un mayor crecimiento económico.
Aparte de negociar el día y la hora en que entregan las armas para acogerse a una generosa ley de justicia y paz, no veo realmente mayor cosa que se pueda o deba negociar. Como con acierto lo señala la inteligente columnista María Teresa Ronderos (El Espectador, agosto 30/12): “El secretariado debe darse cuenta de que están resbalando vertiginosamente al despeñadero del crimen y este olivo de la paz puede ser la última ramita de donde se pueden agarrar para no sucumbir del todo en el barroso fondo donde nada quede de la razón que originó su lucha hace casi 50 años”.
¿Y por qué se puede llegar a erosionar la confianza de los inversionistas, del capital humano, del capital físico? ¿Qué podría hacer flaquear ese “ánimo para obrar” de que habla María Moliner? Para quien escribe esta nota posiblemente la principal causa puede ser que el Gobierno —por premura o falta de tiempo en razón de las elecciones— entregue lo que los terroristas nunca pudieron lograr por las armas, y mucho menos podrán lograr en las urnas. En pocas palabras, que el Gobierno abandone los postulados consagrados en la Carta, en esencia, que Colombia ha sido, es y debe seguir siendo una democracia de libre mercado. La Constitución de hecho ya es pródiga en derechos y parca en obligaciones. Agravar esta asimetría con unas negociaciones que les permitan a los terroristas modificar las leyes sería un error fatal, y si bien la salida negociada del conflicto es vista con buenos ojos por el 60% de los encuestados, sólo un porcentaje muy menor (22%), según reciente encuesta del diario El País de Cali, aceptaría que un exguerrillero formara parte del Congreso.
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