Opinión |18 Sep 2012 - 12:32 am
El ballet de México
Por: Manuel Drezner
Volvió a visitar Bogotá el Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández que ya había venido en varias ocasiones. Eso de los ballets folklóricos parece una contradicción de términos, ya que el ballet se define como una forma muy refinada de danza, muy alejada del folklore, que se supone es una expresión espontánea de la cultura popular.
Esa modalidad de ballets folklóricos nació en la Unión Soviética el siglo pasado y en esa época, el presentar una adaptación de lo popular al mundo del ballet fue considerado como un gran logro de los regímenes rusos.
Pero muy pronto se mostró que los rusos no tenían un monopolio en este género, ya que surgieron ballets folklóricos en muchas partes, y aquí llegaron, además de ballets rusos, otros georgianos, chinos, japoneses y hasta filipinos. Cuando nos visitó por primera vez el de México, esa labor pionera de Amalia Hernández fue una sorpresa y un ejemplo. Recuerdo que cuando aquí se presentó el conjunto de la ahora difunta Amalia Hernández, hace medio siglo, Guillermo Cano me pidió que destacara el hecho en el comentario que escribí, que en nuestros países se podían hacer cosas tan interesantes por lo menos como las que hacían los europeos y los asiáticos.
Volver a escribir sobre ese conjunto es insistir en que lo que hace ese ballet no es exactamente folklórico, sino que sobre la base de danzas populares se hacen estilizaciones, que algunos han llegado a decir que son espectáculos para turistas. No es exactamente cierto ya que la calidad de lo que se presenta lo convierte en algo muy atractivo. Es bueno ver cómo un país, en este caso México, presenta orgulloso su folklore al mundo, como un aporte artístico de envergadura con una muestra del riquísimo acervo de danzas y música de algunas de las regiones mexicanas, con un resultado en el que predominan la estética y el buen gusto. Ya se sabe cómo es de fácil lograr con este tipo de presentaciones muestras que van de lo vulgar al ridículo, pasando por la cursilería, y de eso muy sabiamente se han sabido librar los visitantes. Este tipo de espectáculos demuestra que en esta América española es mucho lo que hay de riqueza en su mezcla de lo europeo y lo indígena.
Lo que ellos hacen, a pesar de ser versiones estilizadas tanto de música como de bailes, que los puristas dirían que no es folklore, es muy ameno, arrastra al público, y aunque los programas en todo ese tiempo no han variado mucho, siguen siendo algo de alta categoría y digno de todo elogio, como lo demostró la respuesta del público a la presentación.
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